¿QUÉ ESTÁS PENSANDO, MICHEL?
Pienso en si quienes pasan por
aquí leerán esta nota, se aburrirán en el segundo párrafo o simplemente mirarán
la imagen. Quizás esa sea la mayor prueba de la levedad del parecer: nuestra
urgencia por juzgar sin comprender.
SOMOS ARQUITECTOS DE LO SAGRADO O HIJOS DE DIOS
Siempre me he cuestionado el origen de la arquitectura teológica en los albores
de la humanidad. Hubo un tiempo en que lo mítico no era una «creencia» o una
opción; era el paradigma dominante, el tejido mismo de lo real. Para el humano
primitivo, el trueno no era un efecto acústico producido por una entidad
invisible; el trueno era la voz. El mundo no estaba compuesto por objetos
inertes, sino por sujetos con los que se convivía.
Esa percepción del mundo no fue un
accidente cultural, sino el resultado de no tener la capacidad de distinguir
entre lo físico y lo intencional. Solemos justificar este fenómeno como el
resultado del miedo o la ignorancia. Sin embargo, la psicología evolucionista
nos sugiere algo más profundo: fue un mecanismo de supervivencia. Nuestro
cerebro evolucionó con un sesgo llamado Dispositivo de Detección de Agencia
Hiperactiva (HADD). En la sabana, era más seguro pensar que un ruido en la
maleza era un «alguien» (un depredador) que un «algo» (el viento). Los que
atribuyeron intención a las causas sobrevivieron; los que se quedaron a
verificar fueron devorados.
El error cognitivo original
El ser humano es un animal social diseñado para inferir qué piensa el otro. El
problema surgió cuando aplicamos esta «Teoría de la Mente» al entorno físico.
Si el sol me calienta, es «bueno»; si me quema, está «enojado».
Esta antropomorfización de la causalidad es lo que hacemos hoy cuando
insultamos a la mesa tras golpearnos un dedo: le otorgamos una voluntad
maliciosa a un objeto inerte. Dioses como el Sol o el Mar nacieron de esta
necesidad de ponerle cara a lo que no la tiene para poder, al menos, intentar
negociar con ellos.
De la fuerza física a la autoridad moral
¿Por qué elevamos estos entes a seres «superiores»? La respuesta reside en la
asimetría de escala. El humano primitivo experimentaba su capacidad de acción
como algo limitado: podía mover una piedra, pero no una montaña. Por pura
lógica de proporción, si un agente pequeño produce un efecto pequeño, un
fenómeno colosal (como un rayo) debe ser producto de un agente colosal. La
divinidad comenzó no como una superioridad moral, sino como una superioridad de
magnitud.
Sin embargo, a medida que las tribus crecieron, esta potencia física se
transformó en herramienta política. Los «espíritus del bosque» ya no bastaban
para mantener el orden entre miles de desconocidos. Se necesitaron «Grandes
Dioses Vigilantes» que pudieran castigar el egoísmo. Así, la religión pasó de
explicar el clima a dictar leyes. La superioridad de los dioses se refinó para
justificar la jerarquía terrestre: el Rey se convirtió en el vicario de la
Deidad porque ambos operaban en una escala inalcanzable para el ciudadano
común.
¿Hemos superado el mito?
Para un lector contemporáneo, el dilema es inevitable: ¿realmente hemos
superado este pensamiento o solo hemos cambiado los nombres?
Hoy el fisicalismo nos ofrece ecuaciones y «hechos brutos», pero el ser humano
sigue necesitando un Meta-Relato. Decir que «la Evolución quiere que
sobrevivamos» o que «el Mercado reacciona con nerviosismo» son errores de
categoría. Ni la evolución ni el mercado tienen voluntad; no «quieren» nada.
Pero nuestras estructuras cognitivas nos obligan a tratarlos como si fueran
personas. Hemos cambiado a Zeus por lo Cuántico, pero mantenemos la estructura
de algo primordial y potente que da origen a todo.
La gramática del espíritu
Es muy probable que el concepto de «espíritu» sea un subproducto de nuestra
gramática. El lenguaje humano se estructura en Sujeto + Predicado. Si decimos
«el trueno suena», estamos obligados por las reglas del idioma a poner un
sujeto realizando una acción. Nuestra gramática nos predispone al animismo; el
«espíritu» es simplemente el nombre que le damos al sujeto invisible de los
verbos que aún no comprendemos.
Conclusión: El silencio y el creador
En última instancia, la génesis de lo sagrado es un testimonio de nuestra
soledad biológica. Al deificar el sol o la guerra, no estábamos describiendo el
cosmos; estábamos proyectando nuestra propia estructura social sobre el vacío.
Reconocer hoy que el universo es no antrópico —que existió eones antes de
nuestro primer miedo y seguirá ahí mucho después de nuestro último mito— es el
acto de madurez definitiva de nuestra especie. Hemos pasado de gritarle a la
tormenta a medir su frecuencia. Pero en el fondo, seguimos siendo ese animal en
la maleza que prefiere creer en un espíritu antes que aceptar el silencio de un
universo que, sencillamente, no sabe que existimos... aunque ese mismo silencio
sea, quizá, la invitación final para intentar conocer, por fin, a un verdadero
creador.

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