En ocasiones es mejor parecer que ser. Mostrarnos como somos en verdad, puede no gustar. La gente no se aparta de aquello que cree conocer y controlar. De ahí que llevamos a todos lados “máscaras de presunción”.
La idea de que la verdad es siempre preferible es un prejuicio del romanticismo. En la práctica, la verdad cruda suele ser ineficiente. Nietzsche sostenía que "todo lo que es profundo ama la máscara"; la apariencia no siempre oculta el vacío, a veces protege la profundidad o, simplemente, facilita la interacción. La máscara (la presunción) actúa como una interfaz simplificando la complejidad interna para que el otro pueda "operar" con nosotros sin fricciones innecesarias.
Podría percibirse como mentir, pero muchas veces es una estrategia -muchas veces ineficaz- de integrar. Se fundamenta en la creencia que proyectando una parte de la realidad se genera el efecto deseado.
"Meter mono" es, en esencia, un acto de economía de la atención. Si la imagen proyectada tiene suficiente fuerza, cumple su función de comando y respeto antes de que el otro empiece a cuestionar el fondo. Cuando alguien "mete mono", está enviando señales de estatus, seguridad o competencia. El entorno reacciona a la señal, no al emisor.
En conclusión,
la máscara de la presunción, en sus primeros actos es un mecanismo de reducción
de incertidumbre. Sin embargo, mantener en permanencia esa máscara destruye
este beneficio inicial y también la imagen de la persona ante quienes quiere
impresionar.
En mis lares se una mucho la expresión “mete mono”. Qué opinan, la imagen no es la Lisa, pero mete mono, ¿o no?

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