No importa si mi juventud se diluye, me siento vital y con
muchas ganas de vivir. Sé que aún quedan actitudes y paradigmas por cambiar.
También, como cualquiera, acumulé cargas materiales, morales y espirituales que
trajeron arrepentimientos, remordimientos y pesares. Que socavaron mi libertad
y felicidad. Pero, la sabiduría acumulada y la fe me han enseñado a soltar, librándome
de muchas de esas cargas.
Por ello, aprendí a mejorar como me relaciono conmigo y con
los demás. Aprendí sobre la bondad y el perdón, patrones ideales de las
decisiones en la vida. No obstante, comprendí que no debo alejarme de lo real, que
me mantiene en modo: virtuosismo pragmático, que me ayuda a equilibrar esas
decisiones de vida.
Fue fácil aceptar vivir el presente. Entendí que el pasado no
es una vida a la que debo aferrarme; si una grata y sabia fuente de información
y experiencias. Entonces perdí el temor al futuro: esa sorpresa que nunca podré
conocer de antemano.
Hoy le digo a mis hijos que lo que aman debe ser su objetivo
vital. Que deben cumplir con sus deberes para poder exigir sus derechos. Que
siempre respondan por sus actos sin rechistar.
Entender que únicamente hay blanco y negro, y no existen escalas grises
cuando de lo ético y la verdad se trata. Definitivamente dejar atrás la
retórica del acomodo. Que seguramente nunca habrá una excusa mejor que actuar
como la decencia dicta. Nunca la mentira será mejor que la honestidad. Que el
amor es.
Bueno, hasta el próximo ploco.
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