De los anhelos, muchas veces, emerge la ansiedad. El solo imaginar que realizarlos sea una imposibilidad nos hace cuestionarnos: ¿para qué complicarnos? Suficiente se tiene ya lidiando con la cotidianidad y sus afanes.
Muchos, conformes, piensan que intentar cambiar su realidad es un imposible. Se consuelan a diario reforzando la idea de que no es necesario trascenderla; de que es mejor amañarse con apenas algunos momentos excepcionales.
Con asombro, observan el éxito de aquellos que le dan un manejo positivo y eficaz a su propia vida. Se detienen ante quienes superan barreras infranqueables y alcanzan esa existencia saludable, holgada y provechosa que anhelan.
Sin embargo, una soterrada inquietud surge ante aquellos pocos que se dan el tiempo para soñar y colorear los días, intentando materializar sus metas y, de cierto modo, transformar su entorno. Esos que, llenos de esperanza, aprenden a traer bendiciones al mundo.
A mis hijos, quienes habrán de escoger sus propios caminos: por favor, nunca dejen de soñar ni de intentar hacer esos sueños realidad
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