En ocasiones es mejor apreciar lo más querido desde la
distancia. No una distancia de indiferencia, sino una distancia de respeto. Dejando
que lo bello se manifieste en su propia libertad, sin la interferencia de
nuestra necesidad de utilidad.
Guardarlo celosamente en una bóveda eleva la permanencia
sobre la esencia; lo que queremos muere en el encierro. Apreciarlo desde la
distancia permite que se mantenga su singularidad, autenticidad y presencia
única. Al no intentar poseerlo, evitamos que la familiaridad o el dominio lo
vuelvan mundano.
La posesión genera el hábito, y el hábito es el enemigo del
asombro. Lo que poseemos se vuelve "herramienta" o
"decorado"; perdemos la capacidad de verlo como algo
"otro", sagrado y autónomo.
Solo lo que no podemos controlar mantiene su capacidad de
sorprendernos. Al renunciar al dominio, garantizamos que el encuentro con lo
querido sea siempre un acontecimiento nuevo.
Pero, quién no quiere poseer aquello que considera lo más
bello. Quién no necesita ser el centro de atención. Quién no posee antes de amar.
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