19.10.15

La voluntad de poder contra la de amar


En ocasiones es mejor apreciar lo más querido desde la distancia. No una distancia de indiferencia, sino una distancia de respeto. Dejando que lo bello se manifieste en su propia libertad, sin la interferencia de nuestra necesidad de utilidad.  

Guardarlo celosamente en una bóveda eleva la permanencia sobre la esencia; lo que queremos muere en el encierro. Apreciarlo desde la distancia permite que se mantenga su singularidad, autenticidad y presencia única. Al no intentar poseerlo, evitamos que la familiaridad o el dominio lo vuelvan mundano.

La posesión genera el hábito, y el hábito es el enemigo del asombro. Lo que poseemos se vuelve "herramienta" o "decorado"; perdemos la capacidad de verlo como algo "otro", sagrado y autónomo.

Solo lo que no podemos controlar mantiene su capacidad de sorprendernos. Al renunciar al dominio, garantizamos que el encuentro con lo querido sea siempre un acontecimiento nuevo.

Pero, quién no quiere poseer aquello que considera lo más bello. Quién no necesita ser el centro de atención. Quién no posee antes de amar.

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