Mi abuelo me dijo de niño: la vida no comienza al nacer. En ese momento no comprendí a qué se refería. Según el rigor científico, la vida inicia biológicamente en la concepción, no décadas después. Hoy entiendo que él hablaba de la experiencia consciente; de una existencia cimentada en decisiones que lo condujeron a la plenitud y al servicio. Consideraba cada década vivida como una etapa formativa; solo tras comprender que la vida exige, simplemente, ser habitada, comenzó a vivir de verdad. Él tuvo el privilegio de gozar de una longeva y saludable experiencia física y mental, lo que me llevó a pensar en quienes carecen de esa suerte o jamás alcanzan dicho estado. Comprendí entonces que solemos aplazar nuestra agencia, aguardando condiciones ideales o hitos vitales para finalmente actuar. Esto me hizo concluir que debemos habitar cada instante con la determinación y la urgencia de aquel a quien no le quedan más, pero con la esperanza estoica de los muchos por venir.

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