Recuerdo mucho este dicho. Proverbio atribuido a Julio César. Una ideación manchada no solo de política de estado, también de machismo y celos, en función del control.
Una actitud que confirma porque la sociedad es un sainete de travestismo tragicómico. Pero, si fuésemos siempre e íntegramente honestos, sinceros y francos, ¿pudiésemos convivir?
La civilización es, en gran medida, el resultado de gestionar la fricción entre la verdad y la mentira mediante la máscara. Penaliza la singularidad extrema porque es impredecible; la autenticidad es, por definición, una anomalía. Para que el grupo funcione, los individuos deben ser intercambiables y predecibles. La máscara nos hace predecibles; la verdad nos hace peligrosos.
La honestidad absoluta es una forma de suicidio social. El desafío no es eliminar la máscara (el "parecer"), sino desarrollar la maestría para que esa máscara sea un reflejo refinado; no una negación, de nuestro ser interno.
Tal vez el desafío es lograr que la máscara sea un
"reflejo refinado". Entonces no estaríamos diciendo que la ética no
consiste en "ser uno mismo", sino en el esfuerzo técnico de construir
una versión de nosotros mismos que sea capaz de amar, recrear y descubrir
sin destruir al otro en el proceso.

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