10.8.26

El sabor a Coca-Cola

 


Escuchar que «todo estará bien» o que «todo pasará» ha dejado de ser un consuelo para convertirse en un cliché sobreexplotado. La literatura de la automotivación y el imperativo de mantenerse positivo tienen hoy el mismo sabor que una Coca-Cola: un producto industrial, azucarado y carente de sustento. Pero nos preguntamos sí estaríamos mejor si cerramos esa válvula de optimismo prefabricado.

Desde una perspectiva científica, es innegable que esta positividad ilusoria cumple una función. La biología evolutiva sugiere que no estamos diseñados para soportar la realidad al desnudo. El cerebro humano utiliza el autoengaño esperanzador como un placebo cognitivo que mitiga el cortisol, evita la parálisis frente a amenazas abrumadoras y nos permite movilizar energía. A veces todos necesitamos un apoyo, algo a lo que aferrarnos para no perder el equilibrio cuando la vida da vueltas.
Es preciso advertir que esto no equivale a premiar el conformismo ni a promover el «renuncianismo». Sin embargo, el capitalismo emocional ha pervertido este mecanismo de supervivencia hasta convertirlo en un instrumento de control social. La fraseología motivacional externaliza la culpa: si el éxito y el bienestar dependen exclusivamente de «no rendirse», entonces el fracaso, la precariedad o la alienación se presentan como meras deficiencias de actitud, exonerando así al sistema de sus fallas estructurales. Despojarnos de esta automotivación comercial no solo nos haría más auténticos frente al dolor, sino mucho más conscientes de las injusticias reales que estas frases de cajón intentan maquillar.
Si borráramos de repente toda esa motivación plástica, nos enfrentaríamos a un panorama brusco. La sociedad contemporánea ha infantilizado el sufrimiento, prometiendo siempre un propósito oculto o una recompensa futura. Renunciar a la ilusión de un «final feliz» garantizado nos obligaría a mirar la realidad a los ojos y exigiría una madurez existencial inédita: aprender a acompañarnos en el silencio presencial, aceptando que, a veces, no hay palabras mágicas para reparar la fractura y que compartir el espacio con quien sufre es más poderoso que cualquier consejo.
El núcleo de esta renuncia no es un ataque a la esperanza, sino una redefinición total de la fuerza. El coraje debe trasladarse del afecto performativo —la obligación de sonreír frente a la adversidad— al plano de la acción material. La fuerza deja de ser un póster motivacional para convertirse en el tejido de decisiones silenciosas que tomamos a diario; exige una ética rigurosa donde actuamos con entereza simplemente porque es lo correcto frente al abismo, y no porque haya una recompensa esperándonos.
Las caídas dolerían en su justa medida, sin anestesia. No sé si seríamos más «felices» bajo el estándar moderno, pero nuestras conexiones serían infinitamente más honestas. Al final, lo que queda cuando se apaga el ruido ensordecedor de la autoayuda es «nomás que la vida», con toda su incertidumbre, su crudeza y su esplendor intactos

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