10.12.16

Felicitas: El quijotismo existencial

«Hodie, etiam si malum est, mihi bonum erit: Hoy, aunque sea un mal día, será bueno para mí».  

 Ignoro si la máxima pertenece al latín arcaico, al clásico o si es un neologismo contemporáneo, pero encierra la actitud fundacional de una existencia lúcida. Asumir este mandato exige una disciplina férrea: la de adiestrar la mente para no claudicar ante la adversidad. Implica el hábito brutal de extraer lecciones de la desgracia, obligándonos a la adaptación perpetua y a la improvisación táctica. Es, en esencia, la decisión soberana de no soltar las riendas de la propia felicidad ante el asedio de las circunstancias.

Seguir esta disciplina nos recuerda el estoicismo, pero el estoicismo no busca la "felicidad" (una emoción positiva) sino la ataraxia (la ausencia de perturbación). "Decidir ser feliz" ante una tragedia no es una muestra de sanidad mental, a veces es negación psicológica.

El hiperindividualismo y la autoayuda moderna del neoliberalismo cognitivo se alimentan de una premisa falaz: el estado mental depende única y exclusivamente de la voluntad.

La felicidad no es un estado, es una recompensa transitoria. Si el ser humano hubiera sido capaz de mantener un estado permanente de serenidad y felicidad, nos habríamos extinguido. La ansiedad, la insatisfacción y el miedo son imperativos evolutivos. Nos mantienen alerta ante los riesgos y peligros. El cerebro no está diseñado para ser feliz, está diseñado para sobrevivir.

Y, sin embargo, esta obsesión por ser felices no es nueva; es el síntoma crónico de nuestra especie, que incluso elevamos a mandato en algunas constituciones. La angustia existencial atraviesa la historia humana y nos ha obligado a fabricar escudos literarios y filosóficos en todas las épocas. Desde la ironía del siglo I a.C. con Publio Siro advirtiendo que "ningún hombre es feliz a menos que crea serlo", hasta la cultura popular contemporánea donde un personaje como Kalimán le implora a Solín, su eterno compañerito: "serenidad y paciencia". La humanidad entera es un coro que repite mantras en la oscuridad para espantar el miedo.

Ante esta paradoja, surge la pregunta ineludible: ¿por qué se nos niega la felicidad permanente? La ciencia y la filosofía lo explican a través de tres leyes inmutables:

 

La Ley de la Adaptación Hedónica (Psicología): Los humanos nos acostumbramos rápidamente a cualquier estímulo positivo. Lo que hoy nos hace inmensamente felices (un amor, un logro, una comodidad), mañana se vuelve nuestra línea base. El cerebro resetea la satisfacción para obligarnos a seguir buscando más.

La Ley de la Entropía (Física/Filosofía): El universo tiende al desorden y a la decadencia. Mantener la "serenidad" requiere un gasto constante de energía psíquica para ir en contra del caos natural de la existencia. Es agotador.

La Dialéctica del Sentido (Filosofía): Como sugirió Rumi "La herida es por donde te entra la luz", la felicidad carece de significado sin su contraste. No existe el concepto de "luz" si no existe la "oscuridad". No podemos estar siempre felices porque la identidad misma de la felicidad requiere la existencia del dolor, la frustración y la melancolía para poder ser experimentada.

La ciencia nos da un diagnóstico claro: por diseño biológico y mandato cósmico, la felicidad permanente nos está negada. Y aquí radica el absurdo más hermoso de la condición humana: a sabiendas de que la biología nos sabotea, de que la entropía nos desgasta y de que la herida es ineludible, el ser humano se levanta cada mañana empecinado en buscar la felicidad.

No somos siempre felices. Pero, atrapados en un quijotismo existencial, nos rebelamos contra el caos para arrebatarle al universo al menos un instante de plenitud; es en esa misma búsqueda, fútil y heroica, donde justificamos nuestra existencia.

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