“Hablamos de amor correcto o aspiramos al amar supremo. Nos enredamos en el amor filial y terminamos justificando un amar particular. Definimos el amor social y lo elevamos a idea máxima. Afirmamos que sin amor somos indignos. Y, paradójicamente, aunque emerge del amor y nos resulta hermoso, decimos que enamorarse casi siempre es una fascinación fugaz y mezquina, súbdita de pasiones, caprichos y deseos.
En estas expresiones se dibuja un manifiesto de control sobre el caos. Al sublimar el amor como entelequia que otorga “dignidad” y degradar el enamoramiento a mero “capricho y deseo”, se revela un rechazo profundo a la vulnerabilidad y a la pérdida de control que impone la naturaleza animal. La urgencia por encapsular el afecto en una taxonomía rígida (correcto, supremo, filial, particular, social) funciona como andamiaje defensivo: el intelecto humano tratando de erigir barreras frente a la tiranía irracional del instinto.
Pero si admitimos que el amor no nos hace dignos, sino apenas biológicamente viables, un mecanismo más para que la vida se sostenga, entonces la pregunta se vuelve incómoda: sin este imperativo, ¿qué seríamos?

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