Se afirma que toda persona tiene el potencial para superar
sus dificultades, pero muy pocas logran superarse a sí mismas cuando obtienen poder.
La mayoría usa su potencial para superar circunstancias. Pero, paradójicamente,
el obtener poder —en muchos casos— imposibilita el sometimiento a sí mismo (autotrascendencia).
En la adversidad, los individuos suelen activar procesos de
innovación y colaboración; la carencia opera como un catalizador de movimiento.
Sin embargo, el poder trae consigo su propio instinto de conservación: una vez
alcanzado, el esfuerzo se desplaza de la superación del sujeto hacia la
preservación del statu quo. Se evidencia cuando el que ostenta poder deja
de ver aliados para ver súbditos, o ver competidores para ver enemigos.
Entonces, ¿por qué es tan complejo "superarse"
desde la cima? La respuesta no es solo moral, sino estructural y biológica.
Existen rasgos específicos que marcan la degradación del liderazgo:
El eco del palacio: El líder deja de escuchar no solo por
soberbia, sino como un mecanismo de defensa. Al obtener autoridad, la
retroalimentación se percibe como una amenaza a la jerarquía. Se olvida que la
innovación requiere fricción; el poder, en cambio, confunde el disenso con la
sedición.
El poder como propiedad: El poderoso siente que cualquier
cambio representa una pérdida potencial de su patrimonio de mando. Cooperar
implica ceder control; para la mente instalada en la cúspide, la delegación es
interpretada como una vulnerabilidad.
La deshumanización y degradación: Al perder la conexión
empática, el líder entra en una fase de erosión normativa. No se trata
necesariamente de cometer delitos, sino de desactivar los frenos morales y
sociales que impiden que el poder sea absoluto. Es el paso previo al
autoritarismo: primero se destruye la norma (el respeto, la decencia, la
transparencia) y luego, cuando la ley ya no tiene soporte ético, simplemente se
ignora. En este estado, los antiguos colaboradores dejan de ser sujetos con
agencia para convertirse en piezas de ajedrez o recursos transaccionales.
El “daño” que conlleva el poder
La neurociencia contemporánea sugiere que el ejercicio
prolongado del poder puede provocar una atrofia funcional en la resonancia
empática. No es un daño físico irreversible, sino una alteración en el
procesamiento de la información: el cerebro del líder empieza a
"objetivar" a los demás para ganar eficiencia en la toma de
decisiones.
Aquí surge una distinción crucial: un líder puede mantener
una empatía cognitiva brillante (saber qué piensa su pueblo para manipularlo o
ganar votos) y, al mismo tiempo, carecer totalmente de resonancia empática (ser
incapaz de sentir el peso del dolor ajeno).
El dogmatismo y la verdad
Es menos costoso gobernar desde una verdad absoluta que
gestionar la complejidad del diálogo. La indolencia no es solo una elección
ética; es el resultado de simplificar el sufrimiento ajeno para que no
interfiera con la "operatividad" del mando.
En la dificultad, la verdad es una herramienta de
supervivencia. En el poder, la verdad suele ser costosa e incómoda. Por ello,
el poderoso construye cámaras de eco, eliminando la fricción y, con ella, la
única fuente de energía que genera movimiento y verdadera superación.
Hacia una política de la arquitectura, no del mesianismo
Estos rasgos son daltónicos ante las ideologías y los
títulos académicos; afectan por igual al revolucionario que al conservador, al
doctor que al empírico. El poder opera como un disolvente de los vínculos
humanos esenciales: la curiosidad y la autocrítica.
La resiliencia social no debe basarse en la esperanza de
hallar el "mesías", sino en la capacidad de diseñar una arquitectura
de poder que asuma la corrupción del carácter como una probabilidad biológica.
Para frenar esta deriva, es imperativo:
Institucionalizar la rotación: El retorno obligatorio a la
realidad del ciudadano común para resetear los sesgos de autoridad (No
reelección).
Blindar la disidencia: Para salvar al líder de su propia
incapacidad de someterse a sí mismo, es imperativo blindar la disidencia. El
entorno crítico no debe ser una elección del mando, sino una imposición del
sistema. Solo cuando existen voces con poder real de auditoría —liberadas de la
politización y la voluntad del gobernante— el ejercicio del poder deja de ser
un monólogo narcisista para convertirse en un acto de responsabilidad. Una
auditoría que depende de la voluntad del líder es un consejo. Una auditoría que
posee poder real es un límite.
Transparencia técnica: Hacer que el dogma sea
estructuralmente insostenible frente a la evidencia de los datos. Se despoja al
poder de la narrativa, por tanto el poder ya no puede "interpretar"
la realidad a su antojo porque existen métricas públicas y su metodología es
auditable. Por tanto, se sustituye la fe por la verificación y la evidencia de
los datos se convierte en una pared contra la que choca cualquier intento de
manipulación ideológica.
En conclusión, el éxito de la política —especialmente en
contextos complejos como el colombiano— no dependerá de encontrar líderes
mesiánicos, sino de crear un sistema donde la degradación ética sea
técnicamente imposible. Solo entonces la premisa inicial se transforma:
"Toda persona tiene el potencial para superar sus
dificultades, y aun cuando muy pocas logran superarse a sí mismas cuando
obtienen poder, el sistema debe tener la capacidad de superar a sus
líderes."
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