30.11.19

Lo Absurdo Del Poder



Se afirma que toda persona tiene el potencial para superar sus dificultades, pero muy pocas logran superarse a sí mismas cuando obtienen poder. La mayoría usa su potencial para superar circunstancias. Pero, paradójicamente, el obtener poder —en muchos casos— imposibilita el sometimiento a sí mismo (autotrascendencia).

En la adversidad, los individuos suelen activar procesos de innovación y colaboración; la carencia opera como un catalizador de movimiento. Sin embargo, el poder trae consigo su propio instinto de conservación: una vez alcanzado, el esfuerzo se desplaza de la superación del sujeto hacia la preservación del statu quo. Se evidencia cuando el que ostenta poder deja de ver aliados para ver súbditos, o ver competidores para ver enemigos.

Entonces, ¿por qué es tan complejo "superarse" desde la cima? La respuesta no es solo moral, sino estructural y biológica. Existen rasgos específicos que marcan la degradación del liderazgo:

El eco del palacio: El líder deja de escuchar no solo por soberbia, sino como un mecanismo de defensa. Al obtener autoridad, la retroalimentación se percibe como una amenaza a la jerarquía. Se olvida que la innovación requiere fricción; el poder, en cambio, confunde el disenso con la sedición.

El poder como propiedad: El poderoso siente que cualquier cambio representa una pérdida potencial de su patrimonio de mando. Cooperar implica ceder control; para la mente instalada en la cúspide, la delegación es interpretada como una vulnerabilidad.

La deshumanización y degradación: Al perder la conexión empática, el líder entra en una fase de erosión normativa. No se trata necesariamente de cometer delitos, sino de desactivar los frenos morales y sociales que impiden que el poder sea absoluto. Es el paso previo al autoritarismo: primero se destruye la norma (el respeto, la decencia, la transparencia) y luego, cuando la ley ya no tiene soporte ético, simplemente se ignora. En este estado, los antiguos colaboradores dejan de ser sujetos con agencia para convertirse en piezas de ajedrez o recursos transaccionales.

El “daño” que conlleva el poder

La neurociencia contemporánea sugiere que el ejercicio prolongado del poder puede provocar una atrofia funcional en la resonancia empática. No es un daño físico irreversible, sino una alteración en el procesamiento de la información: el cerebro del líder empieza a "objetivar" a los demás para ganar eficiencia en la toma de decisiones.

Aquí surge una distinción crucial: un líder puede mantener una empatía cognitiva brillante (saber qué piensa su pueblo para manipularlo o ganar votos) y, al mismo tiempo, carecer totalmente de resonancia empática (ser incapaz de sentir el peso del dolor ajeno).

El dogmatismo y la verdad

Es menos costoso gobernar desde una verdad absoluta que gestionar la complejidad del diálogo. La indolencia no es solo una elección ética; es el resultado de simplificar el sufrimiento ajeno para que no interfiera con la "operatividad" del mando.

En la dificultad, la verdad es una herramienta de supervivencia. En el poder, la verdad suele ser costosa e incómoda. Por ello, el poderoso construye cámaras de eco, eliminando la fricción y, con ella, la única fuente de energía que genera movimiento y verdadera superación.

Hacia una política de la arquitectura, no del mesianismo

Estos rasgos son daltónicos ante las ideologías y los títulos académicos; afectan por igual al revolucionario que al conservador, al doctor que al empírico. El poder opera como un disolvente de los vínculos humanos esenciales: la curiosidad y la autocrítica.

La resiliencia social no debe basarse en la esperanza de hallar el "mesías", sino en la capacidad de diseñar una arquitectura de poder que asuma la corrupción del carácter como una probabilidad biológica. Para frenar esta deriva, es imperativo:

Institucionalizar la rotación: El retorno obligatorio a la realidad del ciudadano común para resetear los sesgos de autoridad (No reelección).

Blindar la disidencia: Para salvar al líder de su propia incapacidad de someterse a sí mismo, es imperativo blindar la disidencia. El entorno crítico no debe ser una elección del mando, sino una imposición del sistema. Solo cuando existen voces con poder real de auditoría —liberadas de la politización y la voluntad del gobernante— el ejercicio del poder deja de ser un monólogo narcisista para convertirse en un acto de responsabilidad. Una auditoría que depende de la voluntad del líder es un consejo. Una auditoría que posee poder real es un límite.

Transparencia técnica: Hacer que el dogma sea estructuralmente insostenible frente a la evidencia de los datos. Se despoja al poder de la narrativa, por tanto el poder ya no puede "interpretar" la realidad a su antojo porque existen métricas públicas y su metodología es auditable. Por tanto, se sustituye la fe por la verificación y la evidencia de los datos se convierte en una pared contra la que choca cualquier intento de manipulación ideológica.

En conclusión, el éxito de la política —especialmente en contextos complejos como el colombiano— no dependerá de encontrar líderes mesiánicos, sino de crear un sistema donde la degradación ética sea técnicamente imposible. Solo entonces la premisa inicial se transforma:

"Toda persona tiene el potencial para superar sus dificultades, y aun cuando muy pocas logran superarse a sí mismas cuando obtienen poder, el sistema debe tener la capacidad de superar a sus líderes."

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