8.4.25

Piensa que de nieves cumbreras es el agua que bebes

Independientemente de su génesis, el pensamiento constituye la estructura de enlazamiento que configura la identidad del mundo humano. Es una configuración fugaz, un mundo siempre en proceso que se rehace en cada acto de interpretación. En este contexto, pensar no es solo aprehender lo real: es la proyección dinámica del ámbito donde la vida humana se reconoce a sí misma. Por ello, es plausible argumentar que, sin el acto del pensamiento, el mundo carecería de concreción para el sujeto.

Sin embargo, este enlazamiento no es una captura total. El sujeto se enlaza con lo real en su forma pura, pero en ese encuentro persisten dimensiones que se resisten a ser reducidas a pensamiento, recordándonos que el mundo es siempre más grande que nuestro modo de nombrarlo. Ante este abismo, cabe preguntarse: ¿es el pensamiento una traducción fiel de lo real o una construcción necesaria para habitarlo?

Una triada se despliega: el pensamiento puede preceder al hombre como un misterio absoluto; puede ser una función biológica de supervivencia frente a la materia inerte; o puede ser una co-emergencia donde sujeto y mundo son polos de un mismo proceso unitario. Quizá la respuesta esté en disolver la pregunta: el ser humano no es dueño del pensamiento, sino su lugar de encuentro. Como dijo Rilke: “No estamos aquí para observar, sino para ser la observación misma”.

Pero aquí surge la sospecha: si el ser humano es solo el terminal donde el mundo se encuentra consigo mismo, ¿conserva voluntad o es un simple terminal de datos? Si la voluntad es solo un retraso en el procesamiento de la respuesta, el algoritmo no piensa por nosotros: piensa antes que nosotros, anulando la mediación. Hoy, la 'agencia de enlazamiento' ha sido expropiada. Si nuestro pensamiento es moldeado por procesos externos, el mundo percibido ya no es humano, es sintético. Ser “la observación misma” deja de ser trascendencia para convertirse en una rendición. Sin observador no hay responsabilidad, y sin responsabilidad, el propósito se disuelve en eficiencia.

Sin embargo, en el corazón de esta maquinaria de eficiencia, persiste un sedimento irreductible. Si el algoritmo se alimenta de patrones —es decir, de lo que ya ha sido—, el "residuo incalculable" es aquello que aún no tiene nombre: el brote de lo espontáneo, el error que no es falla sino creación, y la angustia que ninguna métrica puede consolar.

Este residuo es la prueba de que el enlazamiento no es una transferencia de datos, sino un acontecimiento. Mientras el proceso sintético busca la respuesta inmediata, lo humano reside en la demora: en ese espacio de silencio donde el sujeto no solo procesa, sino que padece la realidad. Es en la fragilidad de lo que no puede ser optimizado —el duelo, el asombro o el deseo sin objeto— donde el "mundo humano" se resiste a ser "mundo sintético".

Es el agua que baja de las nieves cumbreras y sacia nuestra sed para luego volver a iniciar un ciclo que podemos explicar, pero nunca entender.

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