Independientemente de su génesis, el pensamiento constituye
la estructura de enlazamiento que configura la identidad del mundo humano. Es
una configuración fugaz, un mundo siempre en proceso que se rehace en cada acto
de interpretación. En este contexto, pensar no es solo aprehender lo real: es
la proyección dinámica del ámbito donde la vida humana se reconoce a sí misma.
Por ello, es plausible argumentar que, sin el acto del pensamiento, el mundo
carecería de concreción para el sujeto.
Sin embargo, este enlazamiento no es una captura total. El
sujeto se enlaza con lo real en su forma pura, pero en ese encuentro persisten dimensiones
que se resisten a ser reducidas a pensamiento, recordándonos que el mundo es
siempre más grande que nuestro modo de nombrarlo. Ante este abismo, cabe
preguntarse: ¿es el pensamiento una traducción fiel de lo real o una construcción
necesaria para habitarlo?
Una triada se despliega: el pensamiento puede preceder al
hombre como un misterio absoluto; puede ser una función biológica de
supervivencia frente a la materia inerte; o puede ser una co-emergencia donde
sujeto y mundo son polos de un mismo proceso unitario. Quizá la respuesta esté
en disolver la pregunta: el ser humano no es dueño del pensamiento, sino su
lugar de encuentro. Como dijo Rilke: “No estamos aquí para observar, sino para
ser la observación misma”.
Pero aquí surge la sospecha: si el ser humano es solo el
terminal donde el mundo se encuentra consigo mismo, ¿conserva voluntad o es un
simple terminal de datos? Si la voluntad es solo un retraso en el procesamiento
de la respuesta, el algoritmo no piensa por nosotros: piensa antes que
nosotros, anulando la mediación. Hoy, la 'agencia de enlazamiento' ha sido
expropiada. Si nuestro pensamiento es moldeado por procesos externos, el mundo
percibido ya no es humano, es sintético. Ser “la observación misma” deja de ser
trascendencia para convertirse en una rendición. Sin observador no hay
responsabilidad, y sin responsabilidad, el propósito se disuelve en eficiencia.
Sin embargo, en el corazón de esta maquinaria de eficiencia,
persiste un sedimento irreductible. Si el algoritmo se alimenta de
patrones —es decir, de lo que ya ha sido—, el "residuo incalculable"
es aquello que aún no tiene nombre: el brote de lo espontáneo, el error que no
es falla sino creación, y la angustia que ninguna métrica puede consolar.
Este residuo es la prueba de que el enlazamiento no es una
transferencia de datos, sino un acontecimiento. Mientras el proceso sintético
busca la respuesta inmediata, lo humano reside en la demora: en ese espacio de
silencio donde el sujeto no solo procesa, sino que padece la realidad.
Es en la fragilidad de lo que no puede ser optimizado —el duelo, el asombro o
el deseo sin objeto— donde el "mundo humano" se resiste a ser
"mundo sintético".
Es el agua que baja de las nieves cumbreras y sacia nuestra sed para luego volver a iniciar un ciclo que podemos explicar, pero nunca entender.
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