"La calle, adumbrada y furiosa, lo empujaba con un jadeo de acompañante sobre un concreto que, aun de noche, quemaba los pies, dejando un rastro de manchas rojas y chiclosas. Como un orate callejero —sornado, pendejo y atormentado— rumiaba el silencio sepulcral mientras cavilaba cómo deshacer lo acontecido.
Sin poder evitar las sombras ni las consecuencias, buscaba una luz en su irreductible quimera. Pero en ese intento de eludir el peso de sus actos, no percibía que lo miraban de frente con ojos cerrados. La pernicie del memento lo abrumaba, sembrando en su corazón morbo y dolor.
Después del ayer, pero momentos antes, desnudos en la cama, ella confesó su desamor. Escuchar que su mirada, con solo recorrer el cuerpo de otro, se excitaba; que bajo un simple toque ajeno su sangre latía en sitios donde, con él, nunca sintió placer ni alivio. Devastado en el amargor de su ira, al compás de las punzadas de un peine en su costado, apretó con sus manos hasta que ella se desvaneció. Cuando no sintió más su alma, intentó con esas mismas manos acallar el dolor de las heridas en sus propias costillas.
Ya en la calle, buscaba un refugio donde encender la luz que borrara la historia. De pronto, vio un callejón iluminado y transido; se adentró afanado. Impregnado de claridad, se detuvo y miró a su alrededor, pero no halló la paz. Era una luz que no calentaba ni proyectaba sombras.
Atribulado, miró hacia la entrada y vio cómo la oscuridad se acercaba lenta. Corrió hacia lo iluminado, pero la penumbra lo englobó rápidamente. Entonces se entregó. De repente, sintió paz y el temor lo abandonó. Al aceptar la oscuridad, por fin la vio a ella."
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