La calle sola, adumbrada y furiosa me empujaba; con un jadeo constante, me arrastraba sobre un concreto que, aun de noche, quemaba mis pies. Dejaba un rastro de huellas descalzas, rojas y chiclosas que me seguían. Trastabillaba como orate callejero —sonado, pendejo y atormentado—, rumiando el silencio mientras intentaba cavilar cómo deshacer lo acontecido.
En la oscuridad me pareció escuchar: de las sombras ni de las consecuencias podrás escapar. No lograba pensarme. Buscaba una luz que iluminara mis recuerdos y así eludir el peso de la culpa que, escondida en la negrura, me sonreía de frente. Pero ignoraba que la única luz que encontraría sería la que arroja la quimera. Esa que te alumbra, pero te quema.
La pernicie del instante me abrumaba, sembrando en mi corazón miedo, morbo y dolor. Me aferraba a las emociones que espumaron momentos antes, cuando, desnudos en la cama, confesó su desamor. Destrozado escuché que su mirada se excitaba con solo recorrer el cuerpo de otro; que con su simple toque, su sangre latía en sitios donde conmigo nunca sintió alivio ni placer.
Devastado por el amargor de la ira, y al compás de las punzadas de un peine dorado en mi costado, apreté mis manos en su cuello hasta sentir que se desvanecía; hasta que dejé de sentir su alma y solo quedé yo, tratando de acallar el dolor de las heridas en mis costillas.
Vi un callejón iluminado, me adentré transido. Al sentirme impregnado de claridad, me detuve y miré a mi alrededor, pero no hallé paz. Era una luz que no calentaba ni proyectaba sombras.
Atribulado, miré hacia la entrada y vi cómo la penumbra se acercaba lentamente. Corrí hacia el resplandor, pero la oscuridad me engulló. Caí. No pude más. De repente, el temor me embistió; sentí cómo su alma me arrastró.

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