Se me ocurrió una adivinanza que podría impactar el
intelecto antropocentrista: ¿Qué transporte, en toda la historia, pudo ser,
íntegramente, ideado, diseñado, construido y operado por un solo individuo?
La respuesta exige romper el molde de lo evidente: la canoa monóxila. Un hombre frente a un tronco, armado de fuego y piedra. Es la
imagen romántica del "círculo de autonomía". Sin embargo, si hacemos
un análisis más acucioso, el círculo no solo se agrieta: se disuelve.
Para un naturalista o un creyente, la "Autonomía
Total" es ilógica. El constructor no inventó la flotabilidad ni la
densidad del agua; se limitó a negociar con ellas. La madera —esa realidad
"de suyo"— nos precede biológica y ontológicamente. No somos
creadores; somos reconfiguradores de la realidad que por momentos nos
olvidamos que el material tiene sus propias leyes. Creerse autónomo es ignorar el
mundo antes de que pudiéramos nombrarlo.
El "genio solitario" es una ficción del ego. La técnica de ahuecar la madera
con fuego no es una intuición espontánea, sino el sedimento de una memoria colectiva conservada por necesidad y miedo. Construimos por soberbia, sí; pero
también por esa osadía que solo nace de la duda. Sin el pensamiento compartido,
el éxito evolutivo habría sido un error estadístico. Ningún conocimiento —sea
el mito de un ancestro o una ecuación termodinámica— puede descartarse, pues
ambos son herramientas de navegación en el océano de la incertidumbre.
Hoy, nuestra canoa es la Inteligencia Artificial.
Pero aquí yace la gran disrupción: a diferencia del constructor antiguo, el
hombre moderno podría perder su recursividad. Sobrevivimos, es cierto,
pero hemos arrojado nuestra capacidad de vivir a las manos de una dupla letal
para el sentido: la ideología y la tecnología.
Nos hemos vuelto pasajeros pasivos de un algoritmo que no
sabemos tallar. Si la canoa de la IA se hunde, no sabremos nadar, porque hemos
delegado el sentido a la velocidad del procesamiento. El sentido no habita en
el microprocesador; el sentido es el callo en la mano del constructor, es la
vulnerabilidad de quien sabe que su obra depende de algo más grande que él
mismo.
La canoa no celebra la soledad del hombre, sino su profunda interdependencia. En la era de la IA, el desafío no es diseñar naves que piensen por nosotros, sino recuperar la osadía de entender cómo están hechas. El reto es volver a la orilla, no para quedarnos en ella, sino para recordar que, antes de ser navegantes, fuimos parte del bosque.

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