Rendir cuentas es una cualidad excelsa del administrador íntegro. Quien se erige como representante de una fe no solo debe explicaciones a su congregación, sino al tribunal de su propia conciencia y a la divinidad que lo inviste.
Sus palabras deben carecer de mezquindad, política y de
la rigidez del dogma; su compromiso no es la confrontación, sino la mediación
de un mensaje de amor. Como pedagogo del espíritu, debe encarnar la bondad, la
comprensión y la justicia.
Finalmente, su mayor pecado sería olvidar que su conducta es el único vehículo para la bendición del mundo.

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