26.6.25

Árbitro u Opinante Impulsivo


La encíclica Laudato si' afirma que la realidad pertenece a la Creación y que todo en ella es «interdependiente» y está «interpenetrado». Nos invita a una mayor conciencia de nuestra responsabilidad hacia la «casa común». En esta visión, el ser humano, movido por una humildad ontológica, se reconoce no como dueño, sino como parte de un todo mayor: un gestor o custodio.

Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿puede el ser humano ser más que un custodio? ¿Puede ejercer arbitrio? Si el custodio está dentro del servicio, el árbitro parece situarse por encima del juego. Pero el arbitraje que propongo no es una jerarquía de dominio absoluto, sino la delimitación de una jurisdicción ética. Esta jurisdicción no recae sobre la existencia de las cosas,que nos precede y supera, sino sobre nuestro carácter, nuestra percepción y la calidad de nuestra intervención en el mundo.

Es una función de autorregulación: un arbitraje interno (autocontrol) y uno externo (medición de la realidad). En este sentido, somos la realidad afectándose a sí misma. El ser humano actúa como un árbitro existencial que organiza y transforma lo real, guiado por la prudencia y el amor, distanciándose de la mera dominación.

El Embrollo Contemporáneo.

La forma en que el árbitro organiza su comprensión de la realidad se convierte en base fundamental para definir el sentido de su existencia. Sin embargo, este ejercicio de arbitrio consciente se enfrenta hoy a una distorsión sistémica. Mientras el ideal de custodia nos llama a la interdependencia, el mundo contemporáneo ha erigido una estructura que fragmenta nuestra atención y anula nuestra capacidad de juicio. Es aquí donde emerge el Embrollo Contemporáneo: un escenario donde la facultad de organizar la realidad ya no reside en el sujeto ético, sino en fuerzas externas que han secuestrado nuestra comprensión del mundo.

Hoy, la ideología política ha forjado una alianza indisoluble con la tecnología, transformando radicalmente el ejercicio del poder. Ya no se trata solo de una tecnocracia que administra; es una ingeniería social que utiliza la técnica como forma de hacer y ejercer política, simplificando la existencia y demandando conformidad. Esta estructura reduce el embrollo existencial a un plano de eficiencia operativa y manipulación algorítmica, marginando a la ética y el arte a un rol secundario.

El Opinante Impulsivo.

Sorpresivamente, esta fusión entre ideología y tecnología ha facilitado la masificación y validación del Opinante Impulsivo
La tecnología no es solo el canal, sino el motor que inunda el espacio público con sus opiniones estultas amparadas en una distorsión del derecho a la expresión. Al ser provocadoras y estar optimizadas para la viralidad, estas opiniones se propagan como verdades, fracturando la posibilidad de un juicio real y anulando la capacidad de arbitraje del ciudadano.

Conclusión.

En esta fractura sistémica, la propuesta del «árbitro» emerge no como una utopía, sino como una necesidad ontológica urgente. No somos dueños del mundo, pero tampoco estamos condenados a la pasividad del espectador. Nuestra soberanía reside en recuperar nuestra jurisdicción real: ese espacio sagrado que comprende nuestro carácter, nuestra percepción y la calidad ética de nuestra intervención en lo real.

Al ejercer este arbitrio consciente: un juicio que mide, organiza y transforma, dejamos de ser siervos de la inercia tecnológica y de la estulticia del opinante impulsivo. Solo a través de este arbitraje, donde el esfuerzo de la creación se somete a la prudencia y al amor, logramos que nuestra acción deje de ser una violación para convertirse en un acto de comunión. Es en este punto donde la realidad, al fin, logra afectarse a sí misma con propósito, integrando nuestro actuar en la armonía de la casa común.

No comments:

Post a Comment

Gracias por tu comentario, es de inmenso valor, que tengas un excelente día. |
Thanks for your comment, it is of immense value, have a great day.