La red nos embiste con una marea incesante de ruido y opiniones fugaces. Pero no es caótica. Es un entorno algorítmico, rigurosamente estructurado para la extracción de atención y la maximización de respuestas emotivas a través de la indignación y la estridencia.
Ante esta avalancha, la primera reacción es el afán. La ansiedad nos asalta e intentamos oponer la razón: contrastando fuentes, buscando otras perspectivas y tratando de organizar el aparente desorden. Pero, al intentar «oponer la razón» a este sistema, no estamos combatiendo el caos, sino enfrentándonos a una arquitectura matemática diseñada para derrotar la lógica pausada.
Por un instante, la ilusión del análisis nos otorga un suelo firme y la calma regresa. Sin embargo, ese alivio es apenas un espejismo. Al sumergirnos nuevamente para buscar una certeza más sólida, chocamos con un laberinto de posturas repetidas y discusiones circulares. La duda retorna, pero ya no como una herramienta que afina el intelecto, sino como una fricción que desgasta. Este ciclo incesante drena y nos agota la mente al obligarla a procesar un volumen masivo de información en el intento fútil de inyectarle lógica a un aparente caos que es estructural.
El cerebro experimenta un fallo masivo en su codificación predictiva; gasta inmensos recursos metabólicos (glucosa prefrontal) intentando ordenar un entorno que no está hecho para ser ordenado, sino consumido.
Llega entonces una rendición que creemos, en el fondo, es una forma de recuperar el equilibrio. Pensamos que seguir escarbando es someter la propia tranquilidad a una saturación que nos excede. Frente a este exceso de voces, la salida más sensata es el desapego táctico. No se trata de validar cada opinión ajena, sino de aceptar su existencia ineludible como parte del paisaje virtual. Soltamos la necesidad de resolverlo o corregirlo todo y, en silencio, seguimos nuestro camino. Ese «desapego táctico» nos parece una salida sensata, asumimos una postura estoica, casi aristocrática, pero que en el plano sociopolítico equivale a una capitulación.
Pero, aceptar la «existencia ineludible» del ruido y optar por el silencio es ceder la plaza pública. Es precisamente a través de esta retirada voluntaria del intelecto que se consolida la erosión estructural de los espacios comunes (sean cívicos o virtuales). Mientras la mente crítica elige la preservación individual y el silencio, las narrativas huecas avanzan sin resistencia. El desapego táctico es eficaz para la supervivencia biológica del individuo, pero garantiza el colapso del tejido argumentativo colectivo.
Mi respuesta ha
sido publicar arte y exponer, cada tanto, un Ploco®: Unidad Mínima de Sentido –
(UMS). Inyecto códigos cifrados para interrumpir el ruido. Esta inyección, aun
desconociendo su efectividad y funcionalidad, es un intento táctico por captar
la atención del consumidor, sacarlo del ruido y forzar una pausa reflexiva.
¿Cómo fluyes tú en la red?
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