No nos movemos únicamente para llenar vacíos; el hambre y la ignorancia son apenas déficits primarios. Nos mueve el deseo. Un motor inestable, forjado por la emoción, que nos arranca de la inercia y nos lanza hacia trayectorias erráticas, volviéndonos impredecibles.
Todo deseo posee masa. Los hay ligeros, casi etéreos, cuya satisfacción apenas altera nuestra rutina. Pero existen deseos plúmbeos. Su peso deforma la voluntad y nos arrastra, ciegamente, hacia el abismo.
Al fundirse con el instinto, el anhelo secuestra la razón. Nos exige sacrificios desproporcionados y anula cualquier cálculo sobre las consecuencias. La mecánica de su desenlace es simple y brutal: la satisfacción otorga una quietud efímera; la frustración, en cambio, acumula una energía que no se evapora, sino que estalla. El deseo insatisfecho busca, casi siempre, una salida destructiva.
Contra esta perpetua tiranía del instinto se erige, finalmente, el contrapeso. La decencia, la comprensión y la bondad no son meros adornos morales; son nuestra más elevada tecnología de contención. Son la pausa consciente. El freno exacto que nos exige medir el costo del impacto antes de rendirnos al peso de la caída.
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