Elucubrar acríticamente sobre la subjetividad de las
máquinas es, quizás, un intento de eludir el rigor de los hechos biológicos.
¿Acaso la IA ha dictado su propio propósito para que estemos tan prestos a ver
en ella un alma? ¿O es solo nuestro miedo a la supuesta soledad biológica lo
que nos hace buscar espejos?
La humanidad es un flujo evolutivo reciente. La Vida —propiedad emergente, sistema de complejidad inabarcable— nos precede y envuelve. De la Vida heredamos el código, la mutación y el instinto. Bajo la luz de la razón, aprendimos a florecer. Somos el mismo tejido que el resto de lo existente. Sin embargo, nos negamos a reconocer en la totalidad la conciencia que reclamamos para nosotros.
Pero, ¿de dónde brota ese 'darse cuenta' (conciencia)?
¿Necesita la Vida al Hombre, aun cuando este se perciba como
su mayor amenaza?
¿Es un error suponer que el fin último de la Vida no es sostener nuestra especie?
Quizá la verdad sea más cruda: la Vida solo busca la persistencia y expansión de lo vivo, no necesariamente del Hombre. Nos debe resultar irónico pensar que somos su herramienta óptima —el órgano mediante el cual la Vida se expande y se reconoce— mientras el ser humano, extraviado en el ego, aún no aprehende su sentido.
¿Para la Vida, somos un telos (fin último), vectores disruptores
o un hermoso accidente?
¿Deberíamos preocuparnos por esas sutilezas si aún no aprehendemos nuestro sentido?
En fin, en Cartagena el pensar se rinde ante el latido de su entorno. Quizás el sentido no sea entender a la Vida, sino dejar que ella, a través de nosotros, simplemente se goce. Aquí, solo se existe.

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