18.7.25

La Bonitura y el Vivir Sabroso

 


El hecho de que la narrativa oficial haya reducido el concepto de “Vivir Sabroso” a una estética del subsidio y el disfrute pasivo lo convierte en una promesa incompleta.  Frente a la inercia del mero consumo que esta interpretación sugiere, reivindico la “Bonitura” como el acto de proyectar nuestra identidad sobre el mundo mediante la creación y el esfuerzo.

No se trata de una condena a la servidumbre donde el que produce trabaja únicamente para el deleite del otro. Al contrario, la Bonitura es un acto de soberanía del “ser suyo” que no admite jerarquías: se manifiesta con igual dignidad en el esfuerzo del campesino, en la destreza del técnico o en la visión del artista. En cada acto de transformación, el individuo deja de ser un siervo de la inercia para convertirse en el arquitecto de su realidad, reconociéndose a sí mismo en la resistencia de la materia que ha sido doblegada por su propósito. El goce del otro es solo el eco de una obra bien lograda; la verdadera gratificación reside en la expansión del propio ser a través del oficio. 

Esta dualidad tiene un anclaje biológico ineludible. Nuestra arquitectura neuronal nos exige equilibrio: el impulso de la dopamina, que nos empuja a la cacería de la verdad y al diseño del tejido social, y la paz serotoninérgica, que nos permite habitar y celebrar lo construido en plenitud.

Propongo, pues, una “Bonita Sabrosura”: una integración metabólica donde el placer no es algo que se recibe por subsidio existencial, sino algo que se conquista. Debemos trascender la condición de consumidores pasivos para convertirnos en cocreadores activos. El despertar de la consciencia ocurre precisamente ahí: en el nodo donde el esfuerzo del dar y la paz del recibir se funden en una sola voluntad de vida.

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