No les ha pasado que nos ponemos a pensar y nos abstraemos
de tal manera que escribimos mentalmente tesis doctorales sobre cuestiones
existenciales. Trabajo con música, y en medio de una de mis “tesis doctorales” me
colocan “Dormir Soñando” del Gran Silencio, 1998, que en su coro dice:
“La vida, la vida, la vida que es la vida. En tratar de
entenderla, se nos va la propia vida”
Entonces en mi cuarto párrafo decidí cerrar la argumentación
y quedó así:
¿QUÉ SOY?
Inmerso en una facticidad preexistente que me trasciende, me
manifiesto primero como una entidad biológica. Solo al transitar la dimensión
de lo consciente logro articularme en un proyecto de autodefinición.
Sin embargo, debo reconocer que la idea de la identidad como
un «proyecto de por vida» es un constructo de la modernidad tardía. Este
concepto presupone un individuo con la autonomía y el superávit material
necesarios para distanciarse de las urgencias biológicas inmediatas. Esta subjetividad
soberana es, en rigor, un lujo metabólico y social que me otorga la
potestad de «objetivar lo real». Por el contrario, en un contexto de
precariedad, la identidad deja de ser un proyecto para convertirse en una imposición
del entorno o en un subproducto inercial de la producción. Lo que para unos
es narrativa, para otros es supervivencia.
En la búsqueda de identidad me distancio para observar el
mundo, y ejerzo una agencia problemática: mi conciencia no actúa como una
propiedad pasiva, sino como una facultad sintética-limitante. Su función
no es revelar la verdad, sino podar el caos sensorial y organizar la ya
distorsionada información sensorial para que la «Realidad» resultante sea, ante
todo, funcional.
Al asumir este papel de observador, superpongo una
estructura de significados sobre lo dado y, en ese mismo acto, me convierto en
un extranjero de mi propia existencia. Me imagino como un inquilino
intelectual de una maquinaria biológica que no termino de comprender inmersa en
un mundo que apenas conozco.
Por ello, ante la pregunta fundamental sobre qué soy, me
adhiero a la tradición socrática y a la honestidad del límite biológico: No sé.
Mi respuesta no es un concepto, es un acto: vivir.
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