23.10.25

¿Qué soy?

No les ha pasado que nos ponemos a pensar y nos abstraemos de tal manera que escribimos mentalmente tesis doctorales sobre cuestiones existenciales. Trabajo con música, y en medio de una de mis “tesis doctorales” me colocan “Dormir Soñando” del Gran Silencio, 1998, que en su coro dice:

 

“La vida, la vida, la vida que es la vida. En tratar de entenderla, se nos va la propia vida”

 

Entonces en mi cuarto párrafo decidí cerrar la argumentación y quedó así:

 

¿QUÉ SOY?

Inmerso en una facticidad preexistente que me trasciende, me manifiesto primero como una entidad biológica. Solo al transitar la dimensión de lo consciente logro articularme en un proyecto de autodefinición.

 

Sin embargo, debo reconocer que la idea de la identidad como un «proyecto de por vida» es un constructo de la modernidad tardía. Este concepto presupone un individuo con la autonomía y el superávit material necesarios para distanciarse de las urgencias biológicas inmediatas. Esta subjetividad soberana es, en rigor, un lujo metabólico y social que me otorga la potestad de «objetivar lo real». Por el contrario, en un contexto de precariedad, la identidad deja de ser un proyecto para convertirse en una imposición del entorno o en un subproducto inercial de la producción. Lo que para unos es narrativa, para otros es supervivencia.

 

En la búsqueda de identidad me distancio para observar el mundo, y ejerzo una agencia problemática: mi conciencia no actúa como una propiedad pasiva, sino como una facultad sintética-limitante. Su función no es revelar la verdad, sino podar el caos sensorial y organizar la ya distorsionada información sensorial para que la «Realidad» resultante sea, ante todo, funcional.

 

Al asumir este papel de observador, superpongo una estructura de significados sobre lo dado y, en ese mismo acto, me convierto en un extranjero de mi propia existencia. Me imagino como un inquilino intelectual de una maquinaria biológica que no termino de comprender inmersa en un mundo que apenas conozco.

 

Por ello, ante la pregunta fundamental sobre qué soy, me adhiero a la tradición socrática y a la honestidad del límite biológico: No sé. Mi respuesta no es un concepto, es un acto: vivir.


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