31.12.25

El Algoritmo Trascendente

"…Velad por no estar atados a una creencia concreta que niegue las demás, pues os veréis privados de un bien inmenso (…) Dios es demasiado grande para estar encerrado en un credo con exclusión de los otros..." Ibn ʻArabī - Místico, pensador y poeta musulmán, Murcia islámica, 1165.




La fe y la razón

La fe y la razón no deben entenderse como caminos paralelos que nunca se tocan, sino como una tensión dialéctica. Superando la distinción clásica entre el cómo y el porqué, es más fecundo hablar de una complementariedad de objetivos: mientras la ciencia se consagra a la explicación —la descripción causal, verificable y empírica de los procesos—, la espiritualidad se aboca al sentido —la valoración existencial y el propósito del ser—.

Esta distinción es crucial: evita reducir la ciencia a un simple manual de instrucciones y a la fe a una mera expresión poética. Al reconocer que la ciencia hoy, desde la astrofísica hasta la neurociencia, roza las fronteras del origen y la conciencia, entendemos que el diálogo no es sobre territorios separados, sino sobre niveles de comprensión. El individuo contemporáneo halla una aproximación más honesta a la realidad cuando permite que la explicación técnica y la intuición del sentido dialoguen sin anularse, reconociendo que la verdad absoluta es un horizonte que ambos intentan, a su manera, vislumbrar.

En este contexto, surgen tres posturas fundamentales: aquellos que depositan su fe ciega en la religión como única fuente de conocimiento válido, aquellos que abrazan el escepticismo y confían únicamente en las verdades científicas, y aquellos que buscan un equilibrio, articulando la fe y la razón en una síntesis armoniosa. No obstante, existe un vasto territorio de exploración y descubrimiento donde la verdad se revela en múltiples facetas y ninguna perspectiva única alcanza a discernirla.

Ibn ʻArabī

La exhortación de Ibn ʻArabī nos insta a no constreñir lo divino a un solo credo. Su postura trasciende el mero respeto; es un reconocimiento ontológico de que lo Absoluto Para  Ibn ʻArabī, Dios— desborda cualquier forma particular (la “creencia del corazón”). Bajo esta premisa, la verdad en otros credos no es una concesión de la tolerancia, sino una necesidad metafísica: si la Realidad es una y total, no puede estar ausente de ninguna de sus manifestaciones.

Trasladado al ámbito del conocimiento, este principio sugiere que la Verdad —en su sentido último— antecede y supera toda interpretación individual. Por analogía, se nos invita a no desechar saberes ajenos, sino a evaluar cómo estos favorecen una visión más integral del mundo. En última instancia, reconocer la vastedad de lo real implica admitir que ninguna perspectiva, por sólida que sea, puede pretender el monopolio de la Verdad.

Su mensaje resuena con fuerza en nuestra era, donde la diversidad de creencias, la descreencia y la ciencia coexisten en un mundo cada vez más interconectado y donde se necesita un diálogo abierto y respetuoso entre diferentes perspectivas.

La "Creencia Concreta" en la Era del Algoritmo

La advertencia de Ibn ʻArabī sobre no quedar "atados a una creencia concreta" adquiere una urgencia casi profética ante el fenómeno actual de las cámaras de eco en las redes sociales. Hoy, el dogma no solo emana de los púlpitos, sino de algoritmos diseñados para retroalimentar nuestros propios sesgos, encerrándonos en burbujas digitales donde solo escuchamos el eco de nuestras certezas. Este fenómeno opera mediante una recursividad sistémica: un bucle de retroalimentación donde el sistema se robustece consumiendo nuestra propia identidad. Así como el dogma se alimenta de la fe para clausurar la duda, el algoritmo se nutre de nuestros datos para estrechar, incesantemente, el cerco de lo visible. En este círculo cerrado, la trascendencia no es un escape místico, sino el acto subversivo de hackear el sesgo

Trascender es introducir 'ruido' en la perfección del cálculo para recuperar la visión de la totalidad. Es reconocer el mecanismo recursivo para dejar de ser un insumo y volver a ser un observador crítico.

Esta 'atadura' digital fragmenta la realidad y nos priva del bien inmenso que reside en la alteridad. Si Ibn ʻArabī buscaba liberar lo divino de los límites de un credo, nosotros debemos liberar nuestra percepción de los límites del sesgo de confirmación. Solo al derribar estas murallas algorítmicas el diálogo deja de ser un monólogo colectivo para convertirse en una apertura ontológica, donde el 'otro' no es una amenaza, sino la condición necesaria para comprender lo real.

La comprensión y la conexión

Muchas personas en el mundo comparten la creencia en un solo creador o padre supremo, pero hay múltiples y divergentes interpretaciones y prácticas religiosas. ¿Cómo podemos cultivar la comprensión y la conexión mutua más allá de esas diferencias?

En este viaje existencial debemos tener una comprensión espiritual inclusiva. Explorar la riqueza de la experiencia humana sin limitaciones de dogmas religiosos específicos y de esta manera las creencias individuales no se conviertan en barreras que limiten nuestra capacidad de explorar y comprender otras perspectivas o verdades.

La sabiduría de Ibn ʻArabī toma la existencia de una Realidad Única como premisa, no para clausurar el pensamiento, sino para abrir una indagación profunda en los misterios de la experiencia humana. Al despojar a esta búsqueda espiritual de su armadura teológica rígida, facilitamos un espacio de encuentro posdogmático. Aquí, la compasión y el intelecto convergen, permitiendo que la exploración del 'misterio' sea un puente y no una muralla entre culturas.

Hacia una Óptica Posdogmática e Integradora

Esta perspectiva nos faculta para explorar la condición humana desde una óptica posdogmática, donde la explicación técnica del mundo y la demanda de sentido existencial dejan de ser antagonistas para volverse complementarias. Al despojar a la inquietud espiritual de su armadura teológica rígida, facilitamos un espacio de encuentro donde el rigor del intelecto y la profundidad de la intuición convergen sin desdibujar sus fronteras. Aquí, la exploración del "misterio" ya no se percibe como una amenaza a la razón o una carencia de datos, sino como el reconocimiento de los límites de cualquier sistema de pensamiento ante la vastedad de lo real.

En última instancia, esta síntesis nos permite habitar un mundo donde podemos explicar los mecanismos de la vida mediante la ciencia, sin por ello renunciar al propósito de vivirla que emana de nuestra dimensión trascendente. Al adoptar este diálogo entre la verificación empírica y la valoración del significado, transformamos la confrontación de credos en una polifonía de entendimientos compartidos, donde el "otro" deja de ser un adversario ideológico para convertirse en un compañero en la búsqueda incesante de la Verdad. 

"Somos capaces de hackear la armadura de nuestras certezas para encontrarnos con el otro, o permitiremos que la recursividad de nuestros sesgos reduzca nuestro horizonte hasta hacernos desaparecer?"

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