El punto de partida es la libertad vacía que emerge de un orden social de extrema anomia, donde las normas dejan de ofrecer marcos de orientación. Ante la ausencia de predictibilidad, el individuo se vuelve incapaz de proyectar su voluntad. Si no hay reglas mínimas compartidas ni vínculos comunitarios estables, la libertad deja de sentirse como posibilidad para convertirse en una condición crónica de desesperanza social.
La disrupción en la teoría de sistemas complejos puede ser destructiva si el orden no es lo suficientemente flexible para absorber el cambio que la libertad genera. Cuando la sociedad adopta un orden flexible, la disrupción deja de ser anomia, pues no persigue la ausencia de ley, sino la superación de la inercia. El mecanismo de resiliencia sistémica reside más en la flexibilidad plástica, no elástica, del orden. Lo elástico retorna a su forma original perpetuando el estancamiento. La flexibilidad plástica permite que la energía de la libertad reconfigure la estructura hacia una nueva geometría funcional sin perder su capacidad evolutiva. La resiliencia no consiste en resistir el impacto, sino en metabolizar la crisis sin desintegrarse.
Aquí, la esperanza no es la expectativa de que el conflicto desaparezca, sino la confianza en la capacidad de la arquitectura social para albergar la novedad. Es un acoplamiento dinámico donde el orden deja de ser una jaula para convertirse en un sistema de navegación. En este estado, la libertad no es una amenaza, sino su combustible legítimo. La esperanza es la estabilidad de un sistema que sabe que puede cambiar sin morir.
Sin embargo, este equilibrio es precario. El riesgo de retroceder a la sofocación es constante: surge cuando el miedo a la disrupción supera el deseo de evolución, forzando al sistema hacia un autoritarismo defensivo. Por otro lado, la caída en la desesperanza ocurre cuando la libertad se desconecta del orden, generando una disrupción perpetua que agota los recursos sociales. Una sociedad que solo exhala (disrupción) se hiperventila; una que solo contiene el aliento (orden rígido) se asfixia.
La Dialéctica de la Primacía: Un Preludio Necesario
Antes de avanzar hacia la síntesis de la esperanza, debemos resolver una tensión fundacional: la aparente primacía del orden sobre la libertad. Existe una tendencia a considerar el orden como el sustrato previo y necesario; se argumenta que, sin un orden biológico y social —seguridad y lenguaje—, la libertad se diluye en mero instinto de supervivencia. No obstante, esta jerarquía es engañosa. Si el orden fuese el fin último, la historia se habría paralizado en sus primeros códigos.
La clave técnica para habitar este mundo reside en la naturaleza del orden: este no debe ser restrictivo, sino constitutivo. Si el orden nace para prohibir, la libertad es su enemiga. Pero si el orden nace para organizar la complejidad, la libertad es su resultado natural. Solo en un sistema donde el orden prima como arquitectura, pero se articula con la libertad como motor, alcanzamos la robustez y la sostenibilidad.
De la Crisis Necesaria a la Esperanza
Resuelta la dialéctica de primacías, la esperanza se revela no como una mezcla de fuerzas, sino como su coordinación soberana. En esta arquitectura, la libertad y el orden no deben sintetizarse —lo que implicaría la anulación de uno en el otro—, sino articularse manteniendo su independencia ontológica.
Cuando ambas dimensiones se buscan preservando su identidad, se genera una tensión creativa1. La esperanza no es el punto de llegada donde la diferencia desaparece, sino el espacio de diálogo permanente entre ambas. Ver la libertad y el orden como dimensiones separadas que se acoplan dinámicamente elimina la rigidez institucional y convierte la esperanza en una actividad, no en una definición estática.
Institucionalización del Cambio: una esperanza política
La transición de la disrupción a la esperanza no es un acto de fe, sino un proceso de institucionalización del cambio. La esperanza surge cuando el sistema demuestra capacidad de metamorfosis; cuando la crisis deja de ser un síntoma de colapso para convertirse en un rito de paso hacia una complejidad mayor. Es la prueba de que el organismo social sigue vivo y produciéndose a sí mismo (autopoiesis) a pesar de las tensiones.
La violencia política puede leerse como el resultado de un desacoplamiento crónico. Un sistema que, ante la presión de la libertad, ha respondido con elasticidad (concesiones temporales que retornan al privilegio) o con sofocación (autoritarismo defensivo). El miedo a la incertidumbre nos ha impedido construir un orden constitutivo, condenándonos a ciclos de disrupción sin telos que derivan en anomia y desesperanza.
La gestión de las crisis políticas contemporáneas fracasa sistemáticamente cuando intenta tratar la disrupción como una patología externa, o peor aún, cuando un gobernante la instrumentaliza para imponer una ideología cerrada bajo el disfraz de transformación. Bajo este lente científico, la libertad no es una variable aleatoria que amenaza al sistema, sino la perturbación necesaria que obliga al orden a reconfigurar su arquitectura interna para mantener la congruencia con su entorno social. Una crisis política no representa el fin del orden, sino el síntoma de un desacoplamiento que exige plasticidad: si el gobernante confunde liderazgo con imposición y los otros poderes responden con obstruccionismo ciego, el sistema se quiebra por falta de resiliencia. La esperanza no surge de la victoria de una facción sobre otra, sino de una coordinación efectiva donde el orden (las instituciones y sus contrapesos) y la libertad (la demanda social de cambio) coevolucionan sin anularse.
Conclusión: El Lema como Destino
Colombia porta en su escudo una sentencia que hoy, bajo este lente, se revela no como un adorno heráldico, sino como una hoja de ruta sistémica: "Libertad y Orden". Durante dos siglos, nuestra historia ha sido el penoso escenario de la lucha por interpretar esa "y" conjuntiva.
Hemos transitado por periodos de un orden asfixiante que ignoró la libertad, provocando estallidos de disrupción traumática; y hemos padecido momentos de una libertad vacía que, al carecer de un suelo institucional, se disolvió en el desamparo de la anomia. Sin embargo, la sociedad colombiana ha mostrado una madurez creciente al intentar habitar el espacio entre ambas potencias.
A pesar de este avance, el ideal de la "y" conjuntiva sigue siendo una tarea pendiente y amenazada. El país aún lucha contra una lógica elástica que es utilizada, no solo para calmar la presión social, sino para imponer visiones particulares e ideologías obsoletas que pretenden hacer retroceder al país. Esta elasticidad es el simulacro de quienes "cambian algo para que nada cambie", estirando las instituciones hasta su límite para luego forzarlas a retornar a estructuras de poder anacrónicas.
La verdadera madurez política de Colombia se medirá en su capacidad para transitar hacia una plasticidad institucional que impida estos retrocesos. Una plasticidad que garantice que la disrupción no sea instrumentalizada por agendas cerradas, sino metabolizada como un rito de paso hacia una complejidad mayor.
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