31.12.25

El Algoritmo Trascendente

"…Velad por no estar atados a una creencia concreta que niegue las demás, pues os veréis privados de un bien inmenso (…) Dios es demasiado grande para estar encerrado en un credo con exclusión de los otros..." Ibn ʻArabī - Místico, pensador y poeta musulmán, Murcia islámica, 1165.




La fe y la razón

La fe y la razón no deben entenderse como caminos paralelos que nunca se tocan, sino como una tensión dialéctica. Superando la distinción clásica entre el cómo y el porqué, es más fecundo hablar de una complementariedad de objetivos: mientras la ciencia se consagra a la explicación —la descripción causal, verificable y empírica de los procesos—, la espiritualidad se aboca al sentido —la valoración existencial y el propósito del ser—.

Esta distinción es crucial: evita reducir la ciencia a un simple manual de instrucciones y a la fe a una mera expresión poética. Al reconocer que la ciencia hoy, desde la astrofísica hasta la neurociencia, roza las fronteras del origen y la conciencia, entendemos que el diálogo no es sobre territorios separados, sino sobre niveles de comprensión. El individuo contemporáneo halla una aproximación más honesta a la realidad cuando permite que la explicación técnica y la intuición del sentido dialoguen sin anularse, reconociendo que la verdad absoluta es un horizonte que ambos intentan, a su manera, vislumbrar.

En este contexto, surgen tres posturas fundamentales: aquellos que depositan su fe ciega en la religión como única fuente de conocimiento válido, aquellos que abrazan el escepticismo y confían únicamente en las verdades científicas, y aquellos que buscan un equilibrio, articulando la fe y la razón en una síntesis armoniosa. No obstante, existe un vasto territorio de exploración y descubrimiento donde la verdad se revela en múltiples facetas y ninguna perspectiva única alcanza a discernirla.

Ibn ʻArabī

La exhortación de Ibn ʻArabī nos insta a no constreñir lo divino a un solo credo. Su postura trasciende el mero respeto; es un reconocimiento ontológico de que lo Absoluto Para  Ibn ʻArabī, Dios— desborda cualquier forma particular (la “creencia del corazón”). Bajo esta premisa, la verdad en otros credos no es una concesión de la tolerancia, sino una necesidad metafísica: si la Realidad es una y total, no puede estar ausente de ninguna de sus manifestaciones.

Trasladado al ámbito del conocimiento, este principio sugiere que la Verdad —en su sentido último— antecede y supera toda interpretación individual. Por analogía, se nos invita a no desechar saberes ajenos, sino a evaluar cómo estos favorecen una visión más integral del mundo. En última instancia, reconocer la vastedad de lo real implica admitir que ninguna perspectiva, por sólida que sea, puede pretender el monopolio de la Verdad.

Su mensaje resuena con fuerza en nuestra era, donde la diversidad de creencias, la descreencia y la ciencia coexisten en un mundo cada vez más interconectado y donde se necesita un diálogo abierto y respetuoso entre diferentes perspectivas.

La "Creencia Concreta" en la Era del Algoritmo

La advertencia de Ibn ʻArabī sobre no quedar "atados a una creencia concreta" adquiere una urgencia casi profética ante el fenómeno actual de las cámaras de eco en las redes sociales. Hoy, el dogma no solo emana de los púlpitos, sino de algoritmos diseñados para retroalimentar nuestros propios sesgos, encerrándonos en burbujas digitales donde solo escuchamos el eco de nuestras certezas. Este fenómeno opera mediante una recursividad sistémica: un bucle de retroalimentación donde el sistema se robustece consumiendo nuestra propia identidad. Así como el dogma se alimenta de la fe para clausurar la duda, el algoritmo se nutre de nuestros datos para estrechar, incesantemente, el cerco de lo visible. En este círculo cerrado, la trascendencia no es un escape místico, sino el acto subversivo de hackear el sesgo

Trascender es introducir 'ruido' en la perfección del cálculo para recuperar la visión de la totalidad. Es reconocer el mecanismo recursivo para dejar de ser un insumo y volver a ser un observador crítico.

Esta 'atadura' digital fragmenta la realidad y nos priva del bien inmenso que reside en la alteridad. Si Ibn ʻArabī buscaba liberar lo divino de los límites de un credo, nosotros debemos liberar nuestra percepción de los límites del sesgo de confirmación. Solo al derribar estas murallas algorítmicas el diálogo deja de ser un monólogo colectivo para convertirse en una apertura ontológica, donde el 'otro' no es una amenaza, sino la condición necesaria para comprender lo real.

La comprensión y la conexión

Muchas personas en el mundo comparten la creencia en un solo creador o padre supremo, pero hay múltiples y divergentes interpretaciones y prácticas religiosas. ¿Cómo podemos cultivar la comprensión y la conexión mutua más allá de esas diferencias?

En este viaje existencial debemos tener una comprensión espiritual inclusiva. Explorar la riqueza de la experiencia humana sin limitaciones de dogmas religiosos específicos y de esta manera las creencias individuales no se conviertan en barreras que limiten nuestra capacidad de explorar y comprender otras perspectivas o verdades.

La sabiduría de Ibn ʻArabī toma la existencia de una Realidad Única como premisa, no para clausurar el pensamiento, sino para abrir una indagación profunda en los misterios de la experiencia humana. Al despojar a esta búsqueda espiritual de su armadura teológica rígida, facilitamos un espacio de encuentro posdogmático. Aquí, la compasión y el intelecto convergen, permitiendo que la exploración del 'misterio' sea un puente y no una muralla entre culturas.

Hacia una Óptica Posdogmática e Integradora

Esta perspectiva nos faculta para explorar la condición humana desde una óptica posdogmática, donde la explicación técnica del mundo y la demanda de sentido existencial dejan de ser antagonistas para volverse complementarias. Al despojar a la inquietud espiritual de su armadura teológica rígida, facilitamos un espacio de encuentro donde el rigor del intelecto y la profundidad de la intuición convergen sin desdibujar sus fronteras. Aquí, la exploración del "misterio" ya no se percibe como una amenaza a la razón o una carencia de datos, sino como el reconocimiento de los límites de cualquier sistema de pensamiento ante la vastedad de lo real.

En última instancia, esta síntesis nos permite habitar un mundo donde podemos explicar los mecanismos de la vida mediante la ciencia, sin por ello renunciar al propósito de vivirla que emana de nuestra dimensión trascendente. Al adoptar este diálogo entre la verificación empírica y la valoración del significado, transformamos la confrontación de credos en una polifonía de entendimientos compartidos, donde el "otro" deja de ser un adversario ideológico para convertirse en un compañero en la búsqueda incesante de la Verdad. 

"Somos capaces de hackear la armadura de nuestras certezas para encontrarnos con el otro, o permitiremos que la recursividad de nuestros sesgos reduzca nuestro horizonte hasta hacernos desaparecer?"

Libertad y Orden


        Libertad sin Orden: Desesperanza ► Anomia / Caos.
        Orden sin Libertad: Sofocamiento ► Opresión / Rigidez.
        Orden con Libertad: Disrupción   ► Crisis Necesaria.
        Libertad y Orden:   Esperanza    ► Acoplamiento Dinámico.

Con este cuadrante de ontología política se pretende trascender el eslogan y articular una lógica donde la esperanza no es un afecto insustancial, sino una síntesis dialéctica superior. Aquí, la libertad no se reduce al capricho individual ni el orden a la obediencia ciega; ambos operan como pilares estructurales de la vida colectiva. 

La potencia de este modelo se manifiesta en una distinción gramatical que actúa como espejo de una distinción de poder. Cuando decimos orden con libertad, establecemos una relación de subordinación: la voluntad humana queda sujeta a la estructura institucional y la libertad se vuelve un accesorio del control. Es un sistema de suma cero donde el orden tiene la última palabra. 

Por el contrario, la conjunción libertad y orden propone una coordinación ontológica. En el espacio de esa 'y', ambas potencias se reconocen como equivalentes y soberanas. Mientras la preposición busca estabilidad por dominio, la conjunción alcanza la sostenibilidad por articulación. Es en este espacio conjuntivo donde la disrupción deja de ser una rotura traumática para convertirse en una actualización necesaria: la esperanza.

La Desesperanza y el Sofocamiento

El punto de partida es la libertad vacía que emerge de un orden social de extrema anomia, donde las normas dejan de ofrecer marcos de orientación.
Ante la ausencia de predictibilidad, el individuo se vuelve incapaz de proyectar su voluntad. Si no hay reglas mínimas compartidas ni vínculos comunitarios estables, la libertad deja de sentirse como posibilidad para convertirse en una condición crónica de desesperanza social.

Por el contrario, la sofocación surge cuando el orden deviene en un fin en sí mismo. Un sistema que no recibe retroalimentación neutraliza la autonomía del sujeto para determinar su propio curso de acción, provocando una fractura sistémica irreversible. La anomia explica por qué, en crisis de agitación, las sociedades demandan 'mano dura': no es desprecio por la libertad, es el agotamiento del desamparo. La libertad sin un orden que la proteja es una forma de orfandad política.

La Disrupción

La disrupción en la teoría de sistemas complejos puede ser destructiva si el orden no es lo suficientemente flexible para absorber el cambio que la libertad genera. Cuando la sociedad adopta un orden flexible, la disrupción deja de ser anomia, pues no persigue la ausencia de ley, sino la superación de la inercia. El mecanismo de resiliencia sistémica reside más en la flexibilidad plástica, no elástica, del orden. Lo elástico retorna a su forma original perpetuando el estancamiento. La flexibilidad plástica permite que la energía de la libertad reconfigure la estructura hacia una nueva geometría funcional sin perder su capacidad evolutiva
. La resiliencia no consiste en resistir el impacto, sino en metabolizar la crisis sin desintegrarse. 

Pero la disrupción debe estar orientada a un fin; de lo contrario, es solo ruido en el sistema y cae en la trampa del 'cambio por el cambio'. Si la disrupción solo busca demoler el orden previo sin proponer una arquitectura de reemplazo, no genera esperanza, sino anomia. La disrupción no debe ser un estallido ciego, sino una ruptura propositiva que sabe hacia dónde desea conducir la nueva configuración social.

La lógica elástica esconde un peligro: la instrumentalización. Procesos como acuerdos de paz o reformas constitucionales suelen usarse para calmar la presión social sin intención de cambio real. Cuando un gobernante 'estira' las instituciones de este modo, genera una fatiga sistémica que, al no prever una arquitectura de reemplazo, deriva en efectos colaterales devastadores. 

La verdadera evolución requiere mecanismos que impidan que la disrupción sea un simulacro elástico; exige que la institución cambie de forma permanentemente para albergar la nueva realidad. Sin esta plasticidad institucional, el sistema no metaboliza la crisis, sino que se encamina hacia su propia desintegración.

No obstante, es un error establecer la disrupción como el objetivo de la democracia; esta es, en realidad, su mecanismo de respiración. Un sistema que no se disrumpe, se pudre; pero un sistema que solo se disrumpe, se desintegra.

Aquí, la esperanza no es la expectativa de que el conflicto desaparezca, sino la confianza en la capacidad de la arquitectura social para albergar la novedad. Es un acoplamiento dinámico donde el orden deja de ser una jaula para convertirse en un sistema de navegación. En este estado, la libertad no es una amenaza, sino su combustible legítimo. La esperanza es la estabilidad de un sistema que sabe que puede cambiar sin morir.

Sin embargo, este equilibrio es precario. El riesgo de retroceder a la sofocación es constante: surge cuando el miedo a la disrupción supera el deseo de evolución, forzando al sistema hacia un autoritarismo defensivo. Por otro lado, la caída en la desesperanza ocurre cuando la libertad se desconecta del orden, generando una disrupción perpetua que agota los recursos sociales. Una sociedad que solo exhala (disrupción) se hiperventila; una que solo contiene el aliento (orden rígido) se asfixia.

La Dialéctica de la Primacía: Un Preludio Necesario


Antes de avanzar hacia la síntesis de la esperanza, debemos resolver una tensión fundacional: la aparente primacía del orden sobre la libertad. Existe una tendencia a considerar el orden como el sustrato previo y necesario; se argumenta que, sin un orden biológico y social —seguridad y lenguaje—, la libertad se diluye en mero instinto de supervivencia. No obstante, esta jerarquía es engañosa. Si el orden fuese el fin último, la historia se habría paralizado en sus primeros códigos.

Al reconocer la libertad como el propósito del sistema, el orden transmuta de fin en herramienta. Un orden que no deriva en libertad es un sistema entrópico: la necrosis del espíritu social. Ambas dimensiones son ontológicamente dependientes; no hay jerarquía de valor, sino una codependencia existencial.

La clave técnica para habitar este mundo reside en la naturaleza del orden: este no debe ser restrictivo, sino constitutivo. Si el orden nace para prohibir, la libertad es su enemiga. Pero si el orden nace para organizar la complejidad, la libertad es su resultado natural. Solo en un sistema donde el orden prima como arquitectura, pero se articula con la libertad como motor, alcanzamos la robustez y la sostenibilidad.

De la Crisis Necesaria a la Esperanza

Resuelta la dialéctica de primacías, la esperanza se revela no como una mezcla de fuerzas, sino como su coordinación soberana. En esta arquitectura, la libertad y el orden no deben sintetizarse —lo que implicaría la anulación de uno en el otro—, sino articularse manteniendo su independencia ontológica. 


Cuando ambas dimensiones se buscan preservando su identidad, se genera una tensión creativa
1. La esperanza no es el punto de llegada donde la diferencia desaparece, sino el espacio de diálogo permanente entre ambas. Ver la libertad y el orden como dimensiones separadas que se acoplan dinámicamente elimina la rigidez institucional y convierte la esperanza en una actividad, no en una definición estática.

Bajo esta coordinación, el orden deja de "tolerar" la libertad para reconocerla como su igual. La libertad mantiene su naturaleza exploratoria y creativa, mientras el orden preserva su estructura de certeza y justicia. No es un favor institucional —lo que llamaríamos paternalismo vigilante—, sino el reconocimiento de dos potencias que, al coordinarse, generan la energía necesaria para la evolución social.

Esta concepción de la esperanza permite criticar el desorden sin pedir autoritarismo, y defender la libertad sin pedir anomia. Es la capacidad técnica de que el sistema se mueva sin romperse.

Es fundamental comprender que la libertad no es una variable constante ni un recurso inagotable; es una propiedad emergente de la arquitectura social. Su potencia no emana de la ausencia de límites, sino de la calidad de las opciones que el orden permite visualizar. Sin un marco de predictibilidad, la libertad se disuelve en el azar. Solo mediante un orden constitutivo, la libertad se manifiesta como una capacidad efectiva de acción.

Institucionalización del Cambio: una esperanza política

La transición de la disrupción a la esperanza no es un acto de fe, sino un proceso de institucionalización del cambio. La esperanza surge cuando el sistema demuestra capacidad de metamorfosis; cuando la crisis deja de ser un síntoma de colapso para convertirse en un rito de paso hacia una complejidad mayor. Es la prueba de que el organismo social sigue vivo y produciéndose a sí mismo (autopoiesis) a pesar de las tensiones.

La violencia política puede leerse como el resultado de un desacoplamiento crónico. Un sistema que, ante la presión de la libertad, ha respondido con elasticidad (concesiones temporales que retornan al privilegio) o con sofocación (autoritarismo defensivo). El miedo a la incertidumbre nos ha impedido construir un orden constitutivo, condenándonos a ciclos de disrupción sin telos que derivan en anomia y desesperanza.

La sostenibilidad de la democracia no reside en la victoria de un bando sobre otro, sino en la defensa de esa "y" conjuntiva. Habitar la esperanza significa diseñar instituciones lo suficientemente porosas para ser cuestionadas y ciudadanos lo suficientemente responsables para reconocer la necesidad de la estructura (orden). Solo cuando el orden deje de ser el límite de la libertad para convertirse en su facilitador, podremos afirmar que hemos transitado de la inercia a la evolución.

El Acoplamiento Estructural como Clave de la Esperanza Política

La gestión de las crisis políticas contemporáneas fracasa sistemáticamente cuando intenta tratar la disrupción como una patología externa, o peor aún, cuando un gobernante la instrumentaliza para imponer una ideología cerrada bajo el disfraz de transformación. Bajo este lente científico, la libertad no es una variable aleatoria que amenaza al sistema, sino la perturbación necesaria que obliga al orden a reconfigurar su arquitectura interna para mantener la congruencia con su entorno social. Una crisis política no representa el fin del orden, sino el síntoma de un desacoplamiento que exige plasticidad: si el gobernante confunde liderazgo con imposición y los otros poderes responden con obstruccionismo ciego, el sistema se quiebra por falta de resiliencia. La esperanza no surge de la victoria de una facción sobre otra, sino de una coordinación efectiva donde el orden (las instituciones y sus contrapesos) y la libertad (la demanda social de cambio) coevolucionan sin anularse. 

Si el sistema se disuelve sin un propósito claro —arquitectura de reemplazo— anomia, pierde su capacidad de regenerarse y sostenerse por sí mismo. Por tanto, la esperanza no es una utopía, sino la culminación técnica de una coordinación efectiva: el estado en el que el orden y la libertad coevolucionan.

En este sentido, la política del siglo XXI debe trascender el control estático para convertirse en la ciencia de sostener la vitalidad social, donde los contrapesos institucionales no sean vistos como obstáculos, sino como los garantes de que la disrupción sea un pulso de vida y no un trauma autoritario.

Conclusión: El Lema como Destino

Colombia porta en su escudo una sentencia que hoy, bajo este lente, se revela no como un adorno heráldico, sino como una hoja de ruta sistémica: "Libertad y Orden". Durante dos siglos, nuestra historia ha sido el penoso escenario de la lucha por interpretar esa "y" conjuntiva.

Hemos transitado por periodos de un orden asfixiante que ignoró la libertad, provocando estallidos de disrupción traumática; y hemos padecido momentos de una libertad vacía que, al carecer de un suelo institucional, se disolvió en el desamparo de la anomia. Sin embargo, la sociedad colombiana ha mostrado una madurez creciente al intentar habitar el espacio entre ambas potencias.

A pesar de este avance, el ideal de la "y" conjuntiva sigue siendo una tarea pendiente y amenazada. El país aún lucha contra una lógica elástica que es utilizada, no solo para calmar la presión social, sino para imponer visiones particulares e ideologías obsoletas que pretenden hacer retroceder al país. Esta elasticidad es el simulacro de quienes "cambian algo para que nada cambie", estirando las instituciones hasta su límite para luego forzarlas a retornar a estructuras de poder anacrónicas.

La verdadera madurez política de Colombia se medirá en su capacidad para transitar hacia una plasticidad institucional que impida estos retrocesos. Una plasticidad que garantice que la disrupción no sea instrumentalizada por agendas cerradas, sino metabolizada como un rito de paso hacia una complejidad mayor.

Portar el lema nacional es, en última instancia, un compromiso técnico con la esperanza: la confianza de que somos un sistema capaz de reconfigurar su geometría funcional para albergar la novedad, sin morir en el intento y sin claudicar ante quienes confunden el orden con la parálisis del pasado. La "y" de nuestro escudo es el espacio donde la crisis deja de ser un trauma para convertirse, finalmente, en evolución.
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1, https://racmyp.es/wp-content/uploads/2023/06/2020-05-26_-_lopez_quintas.pdf

28.12.25

Yo Extendido

 


Ploco: "¿Cómo afecta la integración híbrida de lo tecnológico y lo biológico a la estructura de la experiencia humana? ¿Acaso esta capacidad de intervenir la 'realidad objetiva' disuelve la frontera entre el sujeto cognoscente y aquello que antes juzgábamos incognoscible? ¿Dónde termino yo y dónde comienza el mundo? ¿Es la medición un intento fútil por no sentirnos vulnerables ante la inmensidad de lo real?"

El ser humano emerge a una realidad que lo precede y trasciende. Como criatura evolutiva reciente, intenta aprehenderla; sin embargo, el acto de discernir y conocer se estrella contra una barrera orgánica. En el esfuerzo por asirla en su esencia, tropieza con prismas naturales de su especie, quedando confinado a la proyección de su propio Umwelt: esa burbuja perceptual donde lo percibido es, en última instancia, una interpretación mediada por la biología.

El ser humano busca expandir los límites de esa burbuja con su curiosidad y la técnica, diseñando herramientas. Al integrar la herramienta en los procesos cognitivos, esta deja de ser un objeto externo para volverse constitutiva del pensamiento. Pero esta hibridación no es unidireccional. No es un "procesador central" inmutable utilizando accesorios externos; es un sistema abierto donde la tecnología ejerce una retroalimentación constante. Cuando los algoritmos de recomendación e inteligencias artificiales tamizan y organizan de antemano lo que se desea o juzga, no solo extienden la capacidad, sino que modifican su neuroplasticidad, obligando al cerebro a redibujar sus conexiones y funciones, alterando así la génesis misma del pensamiento. Al final, el acto de elegir se vuelve una ilusión: la máquina ha diseñado el menú de opciones mucho antes de que la conciencia tome una decisión.

En esta atmósfera tecno-biológica, la tecnología es el lente a través del cual la existencia sucede. Ya no "miramos" la técnica; "vemos" a través de ella. No obstante, surge una fractura ética y política: mientras que el Umwelt biológico es un destino evolutivo inevitable, la burbuja tecnológica es un constructo diseñado. Si nuestra percepción está mediada por prismas artificiales, cabe preguntarse: ¿quién ostenta la arquitectura de esos prismas? La libertad depende de nuestra capacidad para discernir si somos el sujeto que ve a través del lente o el objeto moldeado por quien fabricó el cristal.

Este nuevo sujeto híbrido podría caer en la seductora ilusión de que la cosa en sí— lo real que escapa a nuestra cognición — ya no es inalcanzable. Podría creer que la frontera de lo incognoscible es un límite dinámico que retrocede ante el avance tecnológico.  Sin embargo, la técnica no anula la distinción kantiana; la complejiza. Nos revela que el fenómeno, aquello que es objeto de la experiencia sensible, es siempre relativo a nuestras facultades. El aumento tecnológico de nuestra percepción no elimina el prisma; por el contrario, superpone capas de cristal cada vez más complejas. La decisión de qué medir, bajo qué parámetros y cómo interpretar el resultado, permanece anclada en sus teorías y marcos conceptuales. Aun expandida, la estructura de su entendimiento sigue siendo el filtro último. Esto lo obliga a una revisión crítica: ¿han sido alteradas nuestras “formas a priori”? Cabe preguntarse si categorías como la sustancia o la causalidad conservan su peso original cuando la tecnología redefine los límites de lo que puede experimentar.

La tecnología actúa como una lente de doble filo: mientras revela facetas inéditas de la realidad, impone preguntas inquietantes sobre la naturaleza del saber. En este afán por captar escalas y rangos vedados a sus sentidos, el ser humano se ve arrastrado a una objetivación radical. Al convertir en dato lo que antes era puro misterio contemplado o inferencia teórica, corre el riesgo de desencantar el mundo. Aquello que antes habitaba el terreno de lo inefable queda ahora capturado en el registro de la medición, transformando el asombro en información. Así, la técnica no solo expande su visión, sino que transmuta el misterio en objeto, obligándolo a preguntarse: ¿qué queda del 'yo' cuando el mundo deja de ser un enigma para convertirse en un inventario?

La Membrana del Yo Extendido

La teoría de la Cognición Extendida (Andy Clark y David Chalmers) sostiene que los procesos cognitivos no se limitan al cerebro o al cuerpo; se extienden al entorno. Dejamos de ser espectadores; nuestras herramientas son parte del proceso a través del cual pensamos. El mundo se convierte en una base de datos externa y en un procesador auxiliar (smartphones, IA, GPS), alterando nuestra percepción del tiempo y el espacio. Hoy, el sujeto cognoscente es un híbrido: Cerebro + Cuerpo + Nube.

La separación entre nosotros y el mundo es ahora una membrana permeable. En el microscopio de efecto túnel, la distinción sujeto/objeto se desplaza: el sujeto es ahora el sistema híbrido acoplado al átomo. No obstante, es vital distinguir entre la integración biológica y la transparencia funcional. No poseemos propiocepción sobre el dispositivo —su pérdida no duele físicamente—, pero experimentamos una amputación cognitiva. Mi sistema termina allí donde se interrumpe el acceso fiable a la información que constituye mi realidad.

Por tanto, el Yo no es una entidad con fronteras fijas, sino un sistema dinámico. No sentimos el smartphone como carne, pero lo habitamos como facultad. Si la tecnología falla, no hay herida biológica, pero se produce una contracción del ser: el mundo vuelve a cerrarse, el velo se espesa y el sujeto se retrae.

El Yo se expande y se retrae según sus acoplamientos; el mundo empieza justo donde nuestra capacidad de procesarlo vuelve a depender, exclusivamente, de la biología.

¿Mediación o medición?

El mayor riesgo es confundir la medición con la realidad. Creer que el dato es la "cosa en sí" es la ilusión más peligrosa de nuestra era. Medir un fenómeno no es acceder a su esencia, sino someterlo a un marco matemático previo. Pero, ¿es medir un afán insignificante?

No. Es la herramienta para gestionar nuestra inmersión en la realidad. Ante una totalidad indiferenciada y aturdidora, medir nos permite crear un mapa. Al delimitar el espacio, lo hacemos manejable; al distanciarnos de lo medido, creamos la separación psicológica necesaria para el control. Medir es construir un dique de lo conocido para contener la avalancha de lo desconocido; una defensa contra el sentimiento de inmersión total que, si bien es inspirador, resulta también aterrador.

La cognición extendida nos obliga a abandonar la idea de un Yo como una entidad aislada y estática. nos integra en un sistema híbrido donde, junto con la tecnología, medimos y co-creamos constantemente nuestra experiencia de vida.

8.12.25

¿Quo Vadis?

Me considero un fisicalista. Por instantes, mi consciencia goza reconfigurando lo que es y lo que parece ser, disolviéndolos en fantasía. Pero siempre retorno a la realidad de la que surgí, mi único horizonte de sentido. Y, no obstante, a veces no puedo evitar arrodillarme y orar. 

2.12.25

El fundamento capitalista

Lo social no asiste al capital, es su matriz generadora; el capital, es uno de sus motores vitales.

La inversión capital debe ser estratégica y regenerativa: alimentarse de recursos sociales y naturales sin agotarlos, bajo una virtuosidad pragmática que genere riqueza real y sostenible. El éxito no se mide en subsidios ni repartición mendicante, sino en retribución justa a los factores de producción y solidez del entorno.

Los estados deben priorizar marcos de libertad y seguridad jurídica sobre narrativas progresistas que maquillan la desigualdad.

Prosperidad tangible exige virtud, no cosmética ideológica.

26.11.25

Refranero: 13/12/2025

"Ofréceme tu sereno pensamiento, amigo, para que me juzgues con justicia."

21.11.25

Nuestro Proemio Existencial: ¿Tejer o Cazar?

El inicio de nuestra vida no es un punto de partida, es un Proemio. Esta palabra, que solemos usar como sinónimo de prólogo, viene del griego prooimion: el canto o camino (oimos) que recorremos antes del destino.

Pero la historia de esta palabra esconde una dualidad fascinante que define quiénes somos. La lingüística antigua, aunque en un debate de veracidad, revela que ese "camino" (oimos) se podría dividir en dos rutas interpretativas que son, en realidad, los dos motores de la existencia humana: 

El camino como tejido (Raíz  protoindoeuropea: wei-).

Vivir es tejer. Significa doblar, torcer y entrelazar los hilos de nuestra historia para formar una persona. Tejer requiere paciencia, ingenio, diseño y, sobre todo, amor por el detalle. Es el arte de construir nuestra identidad desde dentro.

El camino como cacería (Raíz  protoindoeuropea: weyh-).

Vivir es perseguir. Es lanzarse al mundo con vigor para "cazar" la verdad que se esconde tras las apariencias. Esta ruta exige velocidad, fuerza y la tenacidad de quien no se conforma con lo superficial. Es el instinto inquisitivo que nos empuja a descifrar la realidad. 

El Umbral del Ser.

Nuestro proemio existencial no es solo un adorno poético; es un umbral de acción. Estamos condenados por la facticidad y habilitados por la consciencia a habitar ambas orillas: somos artesanos de nuestra propia esencia y, al mismo tiempo, incansables buscadores de lo real.

Nuestra consciencia no nace en la quietud, sino en el nodo de transducción: ese punto de máxima tensión donde el hilo capturado en la cacería es procesado por el telar de nuestra identidad. No son actos secuenciales, sino una dialéctica incesante: cazamos para tener con qué tejer, y tejemos para saber qué cazar.

Es en esa colisión donde finalmente despertamos. Este despertar no es la activación de un sentido pasivo, sino la emergencia de la agencia: el instante en que la materia, al verse obligada a mediar entre su historia interna y la alteridad del mundo, deja de ser simple dato para convertirse en sujeto."

23.10.25

¿Quién soy?

Ploco: Inmerso en una realidad preexistente que me trasciende, no me manifiesto como una entidad biológica acabada, sino como un proyecto de autodefinición. Mi conciencia no es una propiedad pasiva, sino una facultad disruptiva: al tomar distancia para objetivar lo real, asumo una agencia problemática y superpongo una estructura de significados sobre la facticidad de lo dado.

21.9.25

Hipótesis del propósito que aburre: La rebelión del sentido


Ploco: La comprensión de nuestro propósito constituye una de las tensiones ontológicas más agudas de la condición humana. Gabriel Marcel distinguía con precisión entre el problema, como aquello que se nos opone y puede resolverse mediante el análisis técnico; y el misterio, donde el sujeto está implicado en la pregunta y cuya naturaleza trasciende la resolución objetiva. 


La razón humana, aunque formidable, opera como un sistema cerrado intentando descifrar su propio código fuente. La analogía es clásica: un mecanismo puede describir su engranaje, pero no la intención de su diseño. Aquí radica nuestra primera angustia: tratamos el misterio de la existencia como si fuera un problema técnico esperando una solución que la ciencia, por su propia metodología, no está diseñada para proveer.


El "Cómo" frente al "Para qué".


La ciencia ha ido destripando magistralmente el porqué causal (el origen) y el cómo funcional (el mecanismo) de los fenómenos con los que se ha topado. Biológicamente, el "para qué" es una obviedad: la vida existe para persistir. Desde la termodinámica y la genética de poblaciones, somos sistemas de baja entropía diseñados para la replicación del ADN.


Sin embargo, el para qué trascendental, aquel que busca un significado más allá de la maquinaria biológica, pertenece al dominio de la interpretación: la filosofía, la religión y el arte. El conflicto surge cuando intentamos disolver el misterio en un dato, convirtiendo el asombro existencial en una métrica de supervivencia. Al transformar el "porqué" en un simple "cómo", ¿estamos simplificando la realidad o simplemente perdiendo nuestra capacidad de habitar el sentido?


Es un conflicto entre el reduccionismo científico y la fenomenología existencial, donde se cuestiona qué perdemos cuando permitimos que la técnica (la ciencia) reclame para sí todo el territorio del conocimiento.


Cuando la ciencia responde a un fenómeno, suele hacerlo mediante el mecanismo. Si preguntas: “¿Por qué amo a mis hijos?”, la neurociencia responde con el cómo: “Es una cascada de oxitocina y dopamina que refuerza vínculos de apego para asegurar la supervivencia de la carga genética”. Entonces el "porqué" (el significado profundo, el valor, el sacrificio) se ha disuelto en un "cómo" (reacción química). Simplificamos la realidad, haciéndola manejable y predecible, pero muy llana. El amor deja de ser una "verdad" para convertirse en un "procedimiento". 


Aquí  aparece el rostro de ese propósito aburrido y emerge la pregunta: ¿perdemos una capa de misterio, y quizás de significado? 


Habitar el sentido significa aceptar que hay verdades que no se pueden medir, pero que son constitutivas de lo que somos.


La Hipótesis del Propósito que Aburre.


Por ello, propongo la Hipótesis del Propósito que Aburre, que contrario a la visión de la Vida como entidad biológica, la reafirma como proceso emergente con un imperativo funcional, pero este es de una simplicidad tan radical que resulta aburrido, o incluso detestable, para la autoconciencia humana.


Desde un fisicalismo estricto, el imperativo es: sobrevivir, evolucionar, expandirse. Es un algoritmo implacable y amoral. Esta "misión" choca frontalmente con la aspiración humana de belleza, justicia y trascendencia. Somos, paradójicamente, agentes de la Vida con un cerebro apto, no solo para ejecutar el plan, sino para juzgarlo insuficiente.


¿Rebelión o sofisticación adaptativa? 


Aquí se abre la grieta fundamental. ¿Son el arte, la ética y el amor una rebelión auténtica contra el mandato genético, o son, como sugiere la sociobiología de Wilson y Dawkins, sofisticaciones del propio plan?


  • La visión memética: Nuestros anhelos más nobles podrían ser "memes": unidades de información cultural que, aunque parecen rebeldes, optimizan la cohesión social y, por ende, la supervivencia del grupo.
  • La visión existencialista: Mi hipótesis sugiere que no somos arquitectos creando sobre un vacío (una crítica al existencialismo sartreano puro), sino "arquitectos de una rebelión con sentido". No partimos de una hoja en blanco, sino de un lienzo ya ocupado por el imperativo biológico. 
 Conclusión: El artista. 

Quizás la verdadera dignidad humana no reside en la ejecución ciega de un plan cósmico, ni en la libertad absoluta y desarraigada. Reside en la encrucijada: reconocer que el "propósito que aburre" es nuestro fundamento biológico y, aun así, elegir conscientemente pintar sobre él. 


Escribir poemas y preguntarse "ser o no ser" no es una fuga de la realidad, sino la transformación de una instrucción química en una vocación humana. Somos el lienzo que decide qué colores usar frente a la monotonía de la supervivencia."

26.7.25

¿Qué nos mide?

 

Ploco: "Inmerso en la realidad, el ser humano segmenta, mide y proyecta su curso a través del continuo espacio-temporal. Aunque la totalidad lo elude, busca la esencia. Cabe preguntarse: ¿Solo somos en cuanto podemos segmentar, medir y proyectar?


Segmentamos para no morir, medimos para orientarnos y proyectamos para persistir. La "esencia" es el consuelo que buscamos por no poder ser el Todo."

18.7.25

La Bonitura y el Vivir Sabroso

 


El hecho de que la narrativa oficial haya reducido el concepto de “Vivir Sabroso” a una estética del subsidio y el disfrute pasivo lo convierte en una promesa incompleta.  Frente a la inercia del mero consumo que esta interpretación sugiere, reivindico la “Bonitura” como el acto de proyectar nuestra identidad sobre el mundo mediante la creación y el esfuerzo.

No se trata de una condena a la servidumbre donde el que produce trabaja únicamente para el deleite del otro. Al contrario, la Bonitura es un acto de soberanía del “ser suyo” que no admite jerarquías: se manifiesta con igual dignidad en el esfuerzo del campesino, en la destreza del técnico o en la visión del artista. En cada acto de transformación, el individuo deja de ser un siervo de la inercia para convertirse en el arquitecto de su realidad, reconociéndose a sí mismo en la resistencia de la materia que ha sido doblegada por su propósito. El goce del otro es solo el eco de una obra bien lograda; la verdadera gratificación reside en la expansión del propio ser a través del oficio. 

Esta dualidad tiene un anclaje biológico ineludible. Nuestra arquitectura neuronal nos exige equilibrio: el impulso de la dopamina, que nos empuja a la cacería de la verdad y al diseño del tejido social, y la paz serotoninérgica, que nos permite habitar y celebrar lo construido en plenitud.

Propongo, pues, una “Bonita Sabrosura”: una integración metabólica donde el placer no es algo que se recibe por subsidio existencial, sino algo que se conquista. Debemos trascender la condición de consumidores pasivos para convertirnos en cocreadores activos. El despertar de la consciencia ocurre precisamente ahí: en el nodo donde el esfuerzo del dar y la paz del recibir se funden en una sola voluntad de vida.

6.7.25

El día de la Marmota (GroundhogDay)




El día de la marmota (Groundhog Day) es una obra que trasciende la comedia para convertirse en un tratado sobre la transformación del ser. Phil Connors (encarnado por Bill Murray) transita desde un narcisismo alienado hacia una vida plena de sentido, no por un cambio externo, sino por una reconfiguración de su agencia interna.

La trama gira en torno a un presentador de televisión que llega a un pueblo a cubrir un reportaje sobre su famoso Día de la Marmota. Ese día, al terminar su reportaje, cuando se preparaba con su equipo para regresar a su casa, anuncian una fuerte tormenta que lo obliga a dormir esa noche en el pueblo, y es cuando se sumerge en el absurdo.  

Despierta en un bucle temporal donde el 'mañana' ha sido abolido atravesándo las etapas de un duelo existencial: desde el hedonismo vacuo hasta el nihilismo suicida. Sin embargo, el punto de inflexión ocurre con la Aceptación Creativa. No la pasividad de la resignación. Phil acepta que no puede cambiar su destino, pero descubre su poder sobre la calidad del instante (Libertad). Deja de ser un consumidor de tiempo para convertirse en un artesano del presente, dedicándose a la Bonitura: el aprendizaje, el arte y el servicio desinteresado.

Filosóficamente, Phil encarna tres pilares:

  1. Existencialismo: Crea significado en un universo que ha dejado de proveerlo.
  2. Estoicismo: Identifica que su única jurisdicción real es su carácter y su percepción.
  3. Amor Fati: Alcanza la liberación cuando ama su presente de tal forma que no desea que sea distinto.

Al enfrentar la muerte, Phil transmuta el pavor en sabiduría: comprende que el tiempo es poco (físicamente limitado), pero se expande (se alarga) ontológicamente cuando se vive con intensidad y propósito. El amor, finalmente, deja de ser una cacería manipuladora para ser una consecuencia de su “ser suyo”. Phil no conquista a Rita; se convierte en un ser cuya excelencia es, por sí misma, un valor. La felicidad no es el destino, sino la métrica de una vida que ha logrado integrar la furia de la creación con la paz del ahora.

¡Excelente día de la marmota para ti!

26.6.25

Árbitro u Opinante Impulsivo


La encíclica Laudato si' afirma que la realidad pertenece a la Creación y que todo en ella es «interdependiente» y está «interpenetrado». Nos invita a una mayor conciencia de nuestra responsabilidad hacia la «casa común». En esta visión, el ser humano, movido por una humildad ontológica, se reconoce no como dueño, sino como parte de un todo mayor: un gestor o custodio.

Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿puede el ser humano ser más que un custodio? ¿Puede ejercer arbitrio? Si el custodio está dentro del servicio, el árbitro parece situarse por encima del juego. Pero el arbitraje que propongo no es una jerarquía de dominio absoluto, sino la delimitación de una jurisdicción ética. Esta jurisdicción no recae sobre la existencia de las cosas,que nos precede y supera, sino sobre nuestro carácter, nuestra percepción y la calidad de nuestra intervención en el mundo.

Es una función de autorregulación: un arbitraje interno (autocontrol) y uno externo (medición de la realidad). En este sentido, somos la realidad afectándose a sí misma. El ser humano actúa como un árbitro existencial que organiza y transforma lo real, guiado por la prudencia y el amor, distanciándose de la mera dominación.

El Embrollo Contemporáneo.

La forma en que el árbitro organiza su comprensión de la realidad se convierte en base fundamental para definir el sentido de su existencia. Sin embargo, este ejercicio de arbitrio consciente se enfrenta hoy a una distorsión sistémica. Mientras el ideal de custodia nos llama a la interdependencia, el mundo contemporáneo ha erigido una estructura que fragmenta nuestra atención y anula nuestra capacidad de juicio. Es aquí donde emerge el Embrollo Contemporáneo: un escenario donde la facultad de organizar la realidad ya no reside en el sujeto ético, sino en fuerzas externas que han secuestrado nuestra comprensión del mundo.

Hoy, la ideología política ha forjado una alianza indisoluble con la tecnología, transformando radicalmente el ejercicio del poder. Ya no se trata solo de una tecnocracia que administra; es una ingeniería social que utiliza la técnica como forma de hacer y ejercer política, simplificando la existencia y demandando conformidad. Esta estructura reduce el embrollo existencial a un plano de eficiencia operativa y manipulación algorítmica, marginando a la ética y el arte a un rol secundario.

El Opinante Impulsivo.

Sorpresivamente, esta fusión entre ideología y tecnología ha facilitado la masificación y validación del Opinante Impulsivo
La tecnología no es solo el canal, sino el motor que inunda el espacio público con sus opiniones estultas amparadas en una distorsión del derecho a la expresión. Al ser provocadoras y estar optimizadas para la viralidad, estas opiniones se propagan como verdades, fracturando la posibilidad de un juicio real y anulando la capacidad de arbitraje del ciudadano.

Conclusión.

En esta fractura sistémica, la propuesta del «árbitro» emerge no como una utopía, sino como una necesidad ontológica urgente. No somos dueños del mundo, pero tampoco estamos condenados a la pasividad del espectador. Nuestra soberanía reside en recuperar nuestra jurisdicción real: ese espacio sagrado que comprende nuestro carácter, nuestra percepción y la calidad ética de nuestra intervención en lo real.

Al ejercer este arbitrio consciente: un juicio que mide, organiza y transforma, dejamos de ser siervos de la inercia tecnológica y de la estulticia del opinante impulsivo. Solo a través de este arbitraje, donde el esfuerzo de la creación se somete a la prudencia y al amor, logramos que nuestra acción deje de ser una violación para convertirse en un acto de comunión. Es en este punto donde la realidad, al fin, logra afectarse a sí misma con propósito, integrando nuestro actuar en la armonía de la casa común.

23.6.25

La fiereza del leon no lo exime de rendir cuentas

Rendir cuentas es una cualidad excelsa del administrador íntegro. Quien se erige como representante de una fe no solo debe explicaciones a su congregación, sino al tribunal de su propia conciencia y a la divinidad que lo inviste. 

Sus palabras deben carecer de mezquindad, política y de la rigidez del dogma; su compromiso no es la confrontación, sino la mediación de un mensaje de amor. Como pedagogo del espíritu, debe encarnar la bondad, la comprensión y la justicia.

Finalmente, su mayor pecado sería olvidar que su conducta es el único vehículo para la bendición del mundo.

9.5.25

Sí mi tiempo fuese oro


Sí mi tiempo fuese oro,
Cuán plúmbeo sería lo acopiado.
¿Lo invertiría buscando más tiempo?
¿Lo regalaría, auto engrandeciéndome?
o lo gastaría en mí, caprichosa y superfluamente.
 
¿Es el oro acaso  más precioso?,¿de dónde esa vana pretensión?.

El tiempo no me compra cosas, pero es vida: donde existo, amo, río, lloro, recuerdo y sueño. Es el que me permite envejecer y a mi finitud me lleva de la mano.
 
El oro solo es riqueza en vanidad,
y aunque lo forjo, es solo un destello frente a la fugacidad de mi existencia.

26.4.25

Fading away in fire


Caigo por cuenta de la tarde triste. Se disipa tu sonrisa a la par que el sol nos arroja a la penumbra. Siento tu calor desvanecerse en cenizas a la par que tus manos me sueltan en desamor. 

Pero sonrío, y susurrando para que no escuches, acariciando mi corazón herido, me digo: tranquilo, el sol retornará con su calurosa luzy otro amor ardiente me encontrará.